420. EL LISTERINE LILA
Vicente Pomares García | Elvis Ente

Cada individuo es capaz de percibir el mundo de una manera particular. Como mi suegra. Me ha dicho: “eres más fuerte que el Listerine lila”.
¡El listerine, dice!
Me he reído, claro. No porque mi suegra haga gracia, sino porque el Listerine me recuerda tanto al día en que perdí la virginidad. Relato que, por supuesto, mi suegra desconoce. Un hito histórico vital memorable.
Estábamos tripitiendo 2º de Bachiller, lo que antes era el COU, pero mi amigo Javi y yo lo llamábamos el all i oli porque se repetía mucho.
Una mañana camino a clase vimos una caca en la acera. La pisamos los dos, para tener buena suerte, y nos fuimos al bingo.
Era el destino, cosas del “azahar”, decíamos autoconvenciéndonos antes de abrir la puerta del local.
Como era de esperar, nos jugamos hasta los pelos y no cantamos nada. Hasta que, en el último cartón, a falta de un solo número:
– Javi, si sale el 47 dilo tú que a mí me da palo.
– No tú.
– ¡No tú!
Salió el 47 y los dos saltamos a la vez: ¡BIIINGOOO!
Del alarido se giró toda la sala hacia nosotros. Las abuelas eran como un regimiento de suricatas clavándonos la mirada. Fingían que les había molestado el grito, pero en verdad les reconcomía que nos lleváramos el acumulado.
El premio fueron 15.000 pesetas que invertimos en nuestras necesidades básicas. Tapar agujeros. Visitaríamos a las profesionales del amor.
Compramos un periódico y buscamos anuncios de pisos cómplices. Nos plantamos en el más cercano y tocamos al interfono. Teníamos pensado dar nombres falsos, pero abrieron antes de terminar de presentarnos.
La madame nos acomodó en el sofá de una salita. Nos explicó que iban a ir pasando las chicas y le tendríamos que decir cuál nos gustaba más.
Salió la primera y los dos señalamos a la vez: ¡EEESA!
Se va con Javi. A mí la siguiente me lleva a una habitación llena de espejos por todos lados. Se desnuda, me tumba, y en seguida noto una fuerte succión, tanta que se me meten las sábanas por entre las nalgas, se me hunden las bolas de los ojos y en el espejo del techo veo que me estoy poniendo morado. Era lo que llamaban un Mamy Blue.
Molina, Caminero, Kiko, Pantic… concentrarme en esa alineación épica me haría aguantar más.
O cambiar algo. Pregunté educadamente:
– ¿Te molesta si te doy un poco «porculo»?
Me dijo que estaba acostumbrada. Entonces le conté que nací en Murcia, pero veraneábamos en Torrevieja, que de pequeño me gustaba mucho jugar con mis primos en la playa… ah… ¡Ah!
Inevitable. Estrenado. Impresionante. A los dos segundos pensé: ¿toda la mañana para esto?
Como me consideraba un auténtico gentleman fui a abrazarla y darle un beso, pero la chica se había levantado.
Descubrí su reflejo en un espejo. ¡Resulta que en la habitación había un lavabo! Ahora veía el mundo con nuevos ojos. Finalmente lo que marcó mi recuerdo fue que nos tuvimos que despedir con gestos: a mí no me salían las palabras y ella estaba haciendo enjuagues con Listerine.