EL LLAMADO DE LA SELVA
Margarita García Gonzalez | Rita Gar

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«Los humanos somos seres extraordinarios. Así lo creemos y así es. Sólo queda una segunda parte aclaratoria para completar esta afirmación: Aunque somos tan extraordinarios como cualquier otra especie de ser vivo. Únicos, irrepetibles, todos.»

Sonriendo y con la mirada clavada en un punto inexistente del espacio, Sandra cerró lentamente el portátil pensando en el gran final que había escrito para su tesis.

Se sentía en la obligación de disfrutar ese momento de euforia, ya que, como futura socióloga, tenía muy claro que el movimiento, en todos sus matices, siempre es cíclico. Subir, bajar, crecer y menguar, sonreír o llorar se suceden siempre en ondas, como si se tratara de un diagrama de sonido. Así es como transcurre cualquier existencia y lo demás es una sucesión de meras complicaciones que nuestros privilegiados cerebros inventan para esconder realidades incómodas.

Así funcionamos.

Sólo hay que salir a la calle un día de lluvia, en hora punta y en una gran ciudad.

Tráfico, paraguas, sonidos que desafían el equilibrio nervioso del individuo. La gente se enfada por cualquier movimiento inesperado, apelando a faltas de educación que sólo ellos comprenden. Y la cercanía o el roce den el transporte público invitan a la actuación de depredadores variados, ladrones y adictos eróticos, buscadores de una nalga sobresaliente o un pecho colgante entre la multitud. Sus miradas se transforman y sus cuerpos se tensionan, igual que un leopardo agazapado en la maleza, frente a una gacela solitaria.

La parte más complicada sería discernir, diferenciar o admitir si somos animales en el proceso natural de la supervivencia o víctimas de cerebros moralmente enredados y socialmente obligados a ocultar nuestros instintos más profundos.

Sandra se sentía tan realizada con su trabajo. Iba a ser una gran socióloga. Tenía un futuro muy prometedor de éxitos, premios y grandes satisfacciones con aquellos punto de vista magistralmente normalizadores y políticamente incorrectos y polémicos.

Sin duda, era un gran momento para celebrar. Iba a comer con Carlos, su asesor de tesis. Ahora ya podía tener una primera cita con él sin temer las represalias de la universidad. Se sentían atraídos desde siempre y la tensión del deseo alcanzaba límites insoportables. Volvió a sonreír recordando sensaciones comparables al llamado mas salvaje de la selva que tanto había analizado.

Salió hacia su cita, disfrutando del tacto sedoso de su nueva y preciosa ropa interior. Llovía, pero no le importaba. El agua fresca le conectaba con ese universo perfecto, padre de toda vida.

Ausente y concentrada en todos aquellos pensamientos que brotaban en su cabeza como burbujas en agua hirviendo, no vio venir el enorme autobús turístico lleno de japoneses que, tras el accidente, se limitaron a amontonarse y tomar cientos de fotos al cuerpo sangrante y empapado de lluvia.

Es curioso, parecían suricatos observando el devenir del mundo.