El Lobo Feroz
Noa EC | SisiEmperatriz

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El término primera cita le ponía extremadamente nerviosa, como si fuese un examen final o tuviese que pasar el test de Cooper para demostrar sus inexistentes habilidades físicas.



No era una gran vendedora de si misma, de hecho bajo esa apariencia de persona sociable y segura de si misma, se encontraba una gran tímida, una impostora. Seguramente ni él lo sabía.



Casi prefería que no se hubieran conocido antes, así podría fingir que era el tipo de persona a la que le gustaría parecerse. Al final las primeras impresiones van de eso muchas veces, de potenciar lo bueno de una y de paso adornarlo. Que si, que lo de ser natural y uno mismo está muy bien pero a veces no es la mejor carta de presentación. Sobre todo si ya estás de vuelta.



Estaba un poco harta de hablar durante lo que parecían años con tíos que resultaba que no eran lo que decían, aburrida de la inmediatez, de los famosos ghosting y en general de crear vínculos endebles con seres vivos que tuvieran dos piernas y materia gris justa para no cagarse encima.



Por eso quedar con alguien al que conocía al menos de vista, y de alguna que otra charla de ascensor no le pareció mala idea. Al fin y al cabo sabía en que terreno se movía, el de los hetero básicos. No había trampa ni cartón, no habría promesas de amor eterno ni iba a sonar la banda sonora del diario de Noah cuando se despidieran.



Tampoco le importaba si no pasaba de ser una noche épica de sexo del bueno, del que te deja con los pelos revueltos y agujetas para un par de días. O eso se repetía como mantra. Al fin y al cabo, la palabra amor era muy subjetiva y estaba altamente sobrevalorada, como no paraban de recordar en redes sociales.



Trató de recordarse a si misma porque había decidido quedar con él, antes de que la pereza le invadiera al coger la cuchilla de afeitar que precede al ritual de belleza tan estúpido y efectivo para activar su mancillada autoestima. La respuesta era básica, le ponía y mucho. Al fin y al cabo se puede luchar contra muchas cosas, pero contra las leyes de la física amiga mía, es altamente difícil.



Preguntarse el porqué cuando ni siquiera era el típico tío de rasgos escandinavos, viajero y con grandes dosis de humor negro que normalmente le atraía, era bastante estúpido. Nena, esto no tiene que ver con la cabeza, el deseo manda. Ella, la sapiosexual de manual, la que pretendía aparentar estar por encima de las circunstancias, estaba al borde de la taquicardia mientras se aplicaba la máscara de pestañas.



Salió de casa con un ligero temblor de piernas. A las nueve menos cinco estaba en la puerta del garito, a punto de darse la vuelta y fingir una indisposición repentina. Al darse la vuelta, su bonita sonrisa de Lobo Feroz sibilino la desarmó y comprendió que estaba realmente perdida.