867. EL LOCO Y EL COMPRENSIVO
Daniel Pizarro Santos | Danipi

Vivía en un pequeño pueblo oculto en un recóndito bosque un joven al que llamaban Juan “el Loco”. Como era diferente, todos se metían con él.
Cierto día, se desató un terrible incendio en el bosque. Juan fue el primero en acudir con un saco lleno de lo que él llamaba “piedras negras”, las cuales comenzó a lanzar contra el fuego que lentamente avanzaba.
Mientras tales acontecimientos tenían lugar, Pete “el Comprensivo” se lamentaba mientras volvía a casa tras una nueva infructífera jornada de caza. Todos los animales le inspiraban compasión.
-Seguro que me llaman fracasado y me tiran piñas otra vez. Seguro que mi novia vuelve a acostarse con otros para castigarme. Seguro que mis vecinos me roban el felpudo de nuevo. Les comprendo…
Cuando el frustrado cazador se percató del humo, acudió al origen con presteza, momento en que vio a Juan arrojando contra el ardor sus oscuros proyectiles.
-¿Qué haces? -preguntó Pete.
-Darle su merecido -respondió el demente, sin desviar la atención de su menester.
-Así jamás lo apagarás. Se necesita agua, arena u otra cosa, pero desde luego no lo que le estás tirando, que es carbón.
“El Loco” le dedicó una demente sonrisa.
-La gente es cruel, la vida dura y llena de dolor. No quiero apagar el fuego, quiero que viva, se haga grande y sufra como yo, para no estar solo.
Pete miró a su vecino, se puso en su lugar y le comprendió. Tras reflexionar, se colocó junto a Juan y le ayudó.
Los dos muchachos estuvieron largo rato alimentando las voraces flamas. Ya casi se había terminado la bolsa, cuando sus dedos se rozaron en el fondo. Ambos sintieron un escalofrío recorrer sus espaldas, que liviano se propagó hasta sus almas.
Se miraron a los ojos.
-Ya no necesitarás del fuego para no estar solo. ¿Por qué no lo dejamos todo y volamos? -propuso Pete.
-¿A dónde?
-A cualquier lugar. Pero lejos.
La mirada de Juan se volvió bizca y obnubilada pero, finalmente, tras unos segundos de pensamiento confuso, respondió.
-Venga.
Los dos chicos fueron a sus respectivos hogares, prepararon sendos hatillos con lo imprescindible y se reunieron de nuevo donde sus emociones habían conectado. Sin más palabra, se dieron la mano y marcharon. La gente les señalaba con sorna al verlos pasar, pero no les importaba. Ya no.
Y desde aquel momento, Pete “el Comprensivo” y Juan “el Loco” abandonaron aquel pueblo lleno de prejuicios, se mudaron a una cueva y vivieron juntos el resto de sus días. Juan tuvo un embarazo psicológico y dio a luz a una piña a la que llamaron Cerecita y Pete no dijo nada. Porque el loco necesita al comprensivo que le apoye y, a su vez, al comprensivo le viene bien un loco que no se aproveche de él.
Mientras tanto, nadie se acordó de apagar el fuego. Las llamas se propagaron, consumiendo el pueblo, y la gente que se había reído de ellos, sencillamente, dejó de hacerlo.

Fin