772. EL MAGO
MIGUEL PAZ CABANAS | Bartleby

Si la memoria no me falla, tus colegas de profesión te apodaban el “Ilusionista desilusionante”, por tu costumbre de pifiar los números de magia. Lo cierto es que te precedía una fama de dejadez, propia de tarambanas y patanes: como cuando saliste con aquel chaleco entallado y la paloma que llevabas bajo el sobaco, que ni siquiera era blanca, murió por asfixia. ¿Recuerdas? Los adultos te abuchearon; los niños, desconsolados, rompieron a llorar.
Tus meteduras de pata eran legendarias. Contrastaban con la sofisticación y la elegancia de los demás magos. Donde ellos extraían conejos lustrosos, tú sacabas un bicho famélico, un roedor que, para espanto del público, acababa en el escote de alguna dama. Donde otros hacían volar pañuelos de seda, tú estrujabas un trapo lleno de lamparones. Y donde tus rivales hacían una genuflexión, tú doblabas las rodillas como un mandril. Por si fuera poco, mezclabas las pelotas, los fósforos y los naipes, y se te caían siempre de las manos. Fue bochornoso el día en que, en lugar del as de tréboles, enseñaste a la cámara la foto de un fornicio.
Y qué decir de tus varitas, enormes, a juego con tu atuendo: tanto la capa como el sombrero de fieltro, te quedaban demasiado grandes. Algo que no era aplicable a tus zapatos, de una talla ruin y que, al comprimirte los pies, te provocaban una sonrisa desesperada.
Eras realmente un poema, un mago sin fuste. En una ocasión, después de rebanarle el dedo a un espectador, huiste en calzones para no ser linchado. Hubo más episodios grotescos, como el número del pirata, la tarde donde, tras meter a tu ayudante en un cofre, perdiste la llave. Aún me parece oír su voz desgarrada, aullando en medio del escenario: “¡Hechicero de mierda, cuando salga de aquí, yo sí que te haré desaparecer!”
Pero donde rozabas el clímax era en tu número especial, el de la lectura de mentes. Tenías el coraje de afirmar, bajo los focos del teatro, que adivinarías lo que pensaban. Y no era solo que no acertases –o puede que sí- sino que, para estupor del público, atribuías a los espectadores frases vergonzosas: “Pobre esposo mío, tantos años de cornudo”; o: “Espero que nadie advierta que he sido yo el del pedo”; o: “Mañana echaré cicuta en el café del jefe”. A menudo salías con la frente enrojecida, pues la gente, que conocía tus fiascos, asistía al espectáculo con tiragomas.
Por eso, ahora que te has jubilado, quiero rendirte un homenaje: decirte que, justo al final de tu vida, lograste convertirte en una celebridad. Me refiero a lo que vienes haciendo desde que te diagnosticaron alzhéimer, ese truco humilde, deslumbrante y milagroso: borrar exclusivamente de tu mente los malos recuerdos. Solo los malos. Bendito seas para siempre, papá, por esta despedida linda y mágica.