1233. EL MAL ALIENTO
Alexandra Ramírez | Alexandra Ramírez

Una vez más, apagué la alarma y di media vuelta en la cama, dispuesta a seguir durmiendo.
-A fe mía que pagarás ser tan vaga.
Había notado el golpe de aire de cada sílaba en mi cara, como si quien la pronunciara estuviera a escasos milímetros de mí, con una respiración que era tan familiar…
-¿Calcetines?
Efectivamente, mi gato estaba, como cada mañana, mirándome, proyectando su diminuto aliento en mi mejilla. 
Solo que esta vez……
-¿Calcetines, has hablado?
-Es que no te despiertas y me he visto impelido.
-Pero ¿desde cuándo sabes hablar?
-Es que no tenía nada valioso que decir.
-Pero ¿cómo es posible?
-¿Qué exactamente? ¿Que lleve ya dos horas en vigilia, observando estomagado tu infinita haraganería? ¿Que no te va a dar tiempo a descongelar el ‘tupper’ y, por tanto, hoy vuelves a comer un café solo y los palitos esos de pipas? Dime, ¿eh? ¿Cómo es posible que no tengas la mínima decencia de, al menos, honrar la evolución de tu especie y erigirte en bipedestación para servirme de una vez el desayuno? 
-Perdona.- dije, apresurándome a levantarme avergonzada.
-Luego, si quieres, puedes volver a la cama, pero por favor, ahórrate el discurso cuando llegues tarde a la oficina sobre cómo ser pobre es perder la vida esperando al Cercanías. Que por cierto, lo sacaste de una columna de Antonio Maestre que ni pudiste acabar y, aún así, la compartiste igual en Twitter.
-¿Cómo sabes eso?
-Sé muchas cosas sobre ti. Soy tu gato.
-¿También sabes leer? 
-¿Y ese comentario tan clasista?.- preguntó antes de acercarse e ignorar el bol que le acababa de llenar de pienso.
-¿Ya no vas a comer?
-¿Por qué te llama la atención que sepa que no acabaste de leer un artículo y, sin embargo, no te resulte extraño que esté al corriente de los banquetes a puro ‘vending’ que te das fuera de casa?
-¿Tanta lata para el desayuno para nada?
-Ojalá lata para el desayuno, pero esto es pienso seco. ¿Quieres saber cómo lo sé? –Lo de tus banquetes, digo.
-¿Cómo?
-Porque te huele el aliento a pipas.
-¡Pues anda que a ti!
-Pero ¿te das cuenta? Primero me insultas, poniendo en tela de juicio mi capacidad de lectura y ahora me humillas apuntando a una presunta falta de higiene, cuando sabes perfectamente que, como gato, mi agencia es limitada y dependo enteramente de tus cuidados. ¡Por Dios santo!, ¿es que no ves que ‘mi’ aliento es ‘tu’ fracaso, el sacrificio inocente de tu existencia disfuncional?
-Perdóname. Es que esto de que hables me pilla de sorpresa. ¿En serio no vas a desayunar?
-Pero vamos a ver, pesada de los cojones, ¿es que 5.000 años de opresión y sometimiento de mis ancestros no es suficiente domesticación, que necesitas decirme hasta cuándo tengo que desayunar?
-¡Es que me has despertado hablando para eso! Bueno, pues tú verás, ahí te quedas. Me voy a seguir durmiendo.
-Espera, no puedes hacer eso.
-¿Por qué?
-Tengo una pregunta.
-¿Qué?
De repente, el silencio.
-¿Qué es un Cercanías?