750. EL MANMORRIÓN
Jose Ángel Conde Blanco | JAC

Al salir del agujero de gusano el crononauta abrió con cuidado la enorme puerta de roble para evitar ser visto u oído. Todavía le temblaba el pulso después de las inesperadas turbulencias y temía lo que pudiera encontrar al otro lado. Las coordenadas eran las del balcón principal del Palacio Real, desde el que se divisaba el frontal de la Catedral de la Almudena. Reprimió un suspiro de alivio cuando, escondido detrás de las pesadas cortinas de terciopelo, reconoció a través de la rendija entre ellas la familiar arquitectura del despacho principal. Sin embargo la tregua de sus nervios fue breve. Asomada en el balcón, dándole la espalda, había una figura ataviada con un enorme casco morrión y el uniforme de los Tercios de Flandes españoles del siglo XVI, que saludaba y daba un encendido discurso con tono triunfal. Desde su posición, el crononauta pudo apreciar más allá de la ventana la masa que llenaba el espacio hasta la catedral, cientos de personas vestidas con capirotes y atuendos religiosos evolucionando alrededor de hogueras encendidas que alimentaban arrojando lo que parecían libros. El olor dulzón que notó después le produjo una fuerte náusea al confirmarle que el papel no era lo único que se estaba quemando.
-Trae la CCC.
El portador del morrión se había girado y hablaba de medio lado mientras se llevaba la mano a un aparato en el interior de su oreja. No podía ser. Acto seguido apareció un hombre vestido con una americana con diseño de la primera mitad del siglo XXI portando una bandeja en la que había tres líneas de una especie de polvo blanco. Cuando dejó el pedido en una mesa baja y se fue, el hombre del morrión se agachó y esnifó las líneas ruidosamente.
-Coca Colombiana de Calidad.
El crononauta comprendió que tenía que regresar. Giró y volvió a introducirse por la puerta. Pulsó el botón del testigo en el pecho pero no recibió respuesta. Notó algo frío en su nuca.
-Te vas a tener que explicar muuy bien…
El hombre del morrión estaba frente a él, examinándole y mesándose los pelos de su poblada barba mientras levantaba la cabeza arrogante. Dos gigantes trajeados le sujetaban en medio del despacho. El crononauta sabía que no tenía otra opción: tenía que contar la verdad.
-Vengo del siglo XXXI. Mi misión como crononauta es trasladarme al año 2036 para establecer las causas del apagón tecnológico que aconteció en España a partir de la segunda mitad del siglo XXI.
-En mi España no se puede viajar en el tiempo, mangarrián –interrumpió el hombre del morrión mientras cacheteaba de forma paternalista la mejilla del crononauta.
Entonces lo comprendió: había caído en un bucle espacio-temporal.