EL MEDIO DE TRANSPORTE MÁS SEGURO
Borja Santos Robledo | Inglor

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Lo de volar no tenía ningún sentido.



Lo pensó durante su primer viaje en avión, cuando los pies todavía le colgaban en el asiento. Tenía solo cinco años, pero sentía que el miedo era lógico, por mucho que le hubieran dado la matraca con aquello de “el avión es el medio de transporte más seguro”. Conocía los datos, pero seguía viendo una realidad aplastante: aquel aparato enorme y pesado surcando el aire, sin nada que lo sujetase, sin el mínimo contacto con la tierra, a miles de kilómetros de distancia… Era inconcebible que el universo hubiera normalizado aquella locura.



Cuando el avión despegó, apretó los dientes fuertemente, como si aquello pudiera estabilizar el avión. Aguantó, pero tocaba la peor parte: esperar la llegada a Londres mientras el avión intentaba mantenerse en el aire sin estrellarse. Una odisea.



Treinta minutos después, el piloto salió de la cabina y empezó a caminar por el pasillo. La gente se asustó en un primer momento, pero al ver al piloto saludar, sonreír y demostrar toda la amabilidad posible, los pasajeros se relajaron.



El niño seguía perturbado por el pánico y el piloto se dio cuenta. Le sonaba mucho esa cara de preocupación, buscando una explicación científica a la posibilidad de estar suspendido en el aire, y otra mucho más científica para confirmar que aquello no era posible.



-Hola, campeón. ¿Cómo vas?

-Está un poco asustado -dijo su madre-. Pero ya le he explicado que el avión es el medio de transporte más seguro.

-Tu mamá tiene razón. ¿Ves lo tranquilo que estoy yo? ¡Todo está bajo control! Nunca pasa nada malo. Y, si te digo la verdad -dijo, bajando la voz-, en el fondo, está chupado pilotar un avión. Hasta yo tenía miedo de pequeño, ¡y mírame ahora!



El piloto volvió a su cabina y el niño se relajó automáticamente.



Treinta años más tarde, aquel niño estaba en la cabina de mandos de un Airbus A321. Después de años de estudio y prácticas, se disponía a pilotar un avión comercial lleno de pasajeros por primera vez. Cuando alcanzó la velocidad de crucero, salió de la cabina sin pensárselo dos veces.



Empezó a caminar por el pasillo y sonreír a todo el mundo. Se encontró con una niña de unos siete años, temblando de miedo en su asiento.



-¿Cómo lo llevas, campeona? -le preguntó.

-Está un poco asustada -dijo su padre-. Pero ya la he explicado que no pasa nada, que el avión es el medio de transporte más seguro.

-Tu papá tiene razón. ¿Ves lo tranquilo que estoy yo? ¡Todo está bajo control! Y, si te digo la verdad -dijo, bajando la voz-, en el fondo está chupado pilotar un avión. Hasta yo tenía miedo de pequeño, ¡y mírame ahora!



La niña se relajó y el piloto volvió a su cabina.



Cuando el piloto se jubiló, siguió siendo fiel a su compañía cuando viajaba. A pesar de los años, en cada vuelo, siempre se ponía nervioso, hasta que, de fondo, escuchaba una vez más:

-¿Cómo lo llevas, campeona?