830. EL MEJOR VIAJE DE MI VIDA
Vanessa Gil | Vanessa Gil

Verano. Dos años soltera. Sin planes. Todas mis amigas embarazadísimas. ¿Qué hago? Me apunto a una Web de planes para singles que hace un maravilloso viaje por “Los castillos del Loira” modo deporte, trekking y aventura.
¿El punto de encuentro? Cafetería Manolo situada cerca del intercambiador de Castellana.
¿Hora? 7 de la mañana. Llegué con ganas. Había decidido romper por fin, con mi propio inmovilismo y con mis siempre cómodos planes de viajar a mi casita del pueblo. Renovada me pedí un café, y comencé a ver algo extraño a mi alrededor. Mochilas de 60 litros, botas de trekking, botellas de agua, y besos repartidos aquí y allí entre conocidos que me sacaban al menos 30 años.
Negué con la cabeza la inminente idea que iba invadiendo mi consciente. Seguramente había dos excursiones y un mismo punto de encuentro. Agobiada, pagué el café y decidí subir al único autobús que estaba estacionado en la acera y que poseía un cartel con el destino del viaje: “Los castillos del Loira”.
Agazapada en la fila 22 del autobús comencé a visualizar a mis compañeros de excursión. El más joven de todos ellos era el guía que rondaba unos turgentes 59 años. Claro a mis 28 eso era un despropósito. Puse mi mochila en el asiento contiguo para que nadie se sentara a mi lado y descubriera el delito de comprar un viaje del IMSERSO a mis veintitantos.
Se llamaba Manuel, 63 años, lloroso y dubitativo me dio el viaje contándome su reciente separación de Amparo. El amor de su vida. Doce horas de llanto, rabia, sensibilidad a flor de piel, de “la amo” y “la odio” a partes iguales y una desesperación creciente en mi interior.
Cuando llegamos al hotel, mi compañera de habitación, la señora Paula, me regaló 8 horas de ronquidos que ametrallaron mi elocuencia. Ronquidos que se repetirían como el ajo de Las Pedroñeras durante lo que quedaba de viaje.
Pero tuve algo de suerte, no todo fue insomnio, ronquidos, depresión, enfado conmigo misma… Hubo amigas. Dos en concreto. Eran hermanas. Rocío y Ana. Rozaban la sesentena. Pero eran de ese tipo de personas con una actitud jovial, divertida y moderna. Se podía hablar de todo con ellas. Me hicieron sentir desde el primer minuto en que nuestras miradas se cruzaron, integrada y querida. Yo les hablé de mi elegida soltería, ellas me contaban todos y cada uno de lo pormenores de su apasionada vida sexual poliamorosa. Todo comenzaba a encajar el cuarto día de mi periplo con el IMSERSO. Ese día, una cena especial con discoteca nos alejaría de los fantasmas de la jubilación y podríamos dar rienda suelta a la cadera y al pasodoble. La cena; una maravillosa Bullabesa no me sentó del todo bien, pero necesitaba bailar. Algo no marchaba. Mi estómago regurgitaba. Me alejé con la excusa de cambiar de música y PUM : El mejor pedo de mi vida.
Detrás de mí, mis fieles y únicas amigas; dos jubiladas verdes que jamás osaron dirigirme la palabra.