174. EL MELOCOTÓN ES MÍO, ¡BITCH!
Ruth Tena | Nate (neit) Díaz

Desde la ventanilla, y tras algunos cambios de asiento, «la otra» se queda tranquila.
– !Mira! !Nueva York!
La fiera sonríe.

Llegamos al aeropuerto de la “Guarda”, como si fuera una premonición del ángel que hubiera necesitado en este viaje.

Tras el numerito d el avión, esperaba,… anhelaba, que la detuvieran. A USA entra cualquiera…

Como el Príncipe de BelAir, cogimos un taxi que olía a… incienso, con la desconfianza que se tiene cuando se coge un taxi en las grandes urbes. Y como si nos conociéramos las arterias de Nueva York mirábamos con suspicacia el plano digital.

Este quiere timarnos. Nos dijimos mentalmente, solo mirándonos.

Nuestra cara era de tías duras. Como cuando siendo menor intentas entrar a una discoteca y tu amiga, te dice “tú, como si el local fuera tuyo” mientras tu blusa de chorreras, bodoques y lazos, le hacen sangrar los ojos. Si parecía que conocíamos la ciudad no nos engañaría.

Llegamos.

Calle 28 con la 10ª Avenida. Apartamentito que ya entendí yo la serie de Friends, sin verla.

Bajamos del taxi sin darle propina, creo que nos llamó guapas y urbanitas en slang, y le dimos las gracias.

Nos acomodamos. Eso quiere decir que la fiera olisqueó toda la casa y meó en sus lugares preferidos. La habitación principal, la chaisse long y en sitios más apropiados, tales como el baño, grande.

No soportaba su perfume. Hubiera preferido que hubiera orinado de verdad en los muebles.

Bajamos a reconocer el terreno, a comprar la cena y el desayuno del día siguiente.

Estábamos en el Chueca neoyorkino. Ella es más de Upper East Side y yo, de West Side Story pero allí estábamos las dos, día y noche, agua y aceite, juntas, aunque cada vez más alejadas.

Paseando, nos dimos cuenta que dominábamos el mundo, al ver en un escaparate
un cartel con un gato vestido de chulapo anunciando el San Isidro de 1989. Qué favor les hizo Colón equivocándose. La libertad por un gato vestido de chulapo.

Por fin la familia iba a crecer. No íbamos a estar solas. El resto de la tribu llegaba. Otra guapa urbanita que venía desde las Bahamas y una parejita a la que retuvieron en el aeropuerto porque el nombre y apellidos de Barry (José Luis en realidad), coincidían con un traficante mexicano en busca y captura.

Hubiera entendido la confusión si no hubiera sido porque el narco era un rottwailer y Barry, una mezcla entre Casper y «blandiblú».

La cosa empeoró cuando le dijeron que tras el interrogatorio, venía el cacheo.

Solo recuerda un guante de látex, un melocotón e hiperventilar.

Le perdimos. El pobre Barry no vio el apartamento. Nosotras lo disfrutamos por él. Es lo que se hace por los amigos. Disfrutar por ellos.

Os aconsejo su libro, “¡El melocotón es mío, bitch!” o “Cómo llegué a controlar Guantánamo”.

Por si os lo estáis preguntando, el dinero perdido lo tenía “la otra” en la maleta con las bragas. Ya os dije que ella era muy free. Lo encontró por accidente.