331. EL MOCO
SOFÍA HERRERO GIL | SHG

Estábamos a punto de comenzar. Era un evento importante. Y no nos conocíamos de nada. En pocos minutos hablaríamos en una conferencia retransmitida internacionalmente. Estábamos nerviosos, ¡para no estarlo! En fila, esperando nuestro turno. Cruzamos un par de palabras. Hasta que ocurrió eso. Se sacó un pañuelo para sonarse y después de la ejecución se dejó un enorme moco verde justo en medio de su nariz. ¡Un moco! Viscoso y recién salido del horno. Estaba a punto de salir a hablar ante millones de personas con un moco gigante en medio de la nariz. Y yo no sabía como decírselo. ¡No lo conocía de nada! ¡Y estaba nerviosa! ¡Para pensar en su moco estaba yo! Se le caerá, pensé. A los minutos se volvió para darme conversación, para liberar tensión supongo. ¡ Y el moco seguía ahí! Intentaba continuar el hilo de la conversación pero no podía evitar mirar ese moco grande y feo. No podía permitir que saliese a hablar en público así. Pero no le había dicho nada en todo este tiempo. Estaba entre divertida y ansiosa. ¿Por qué me tenía que pasar esto a mí? Si no lo conocía de nada. No tenía ninguna implicación con ese hombre, tan solo la empatía de no salir y hacer el ridículo con un enorme moco. ¡¡Mierda!! Acaba de terminar el ponente. ¡Le toca a él! Ahora o nunca.
– Llevas un moco.
– ¿Qué?
– ¡Qué llevas un moco!
– ¿Dónde, aquí?
No, por Dios. Ahí no. En toda la tocha. Si te lo estoy diciendo.
– Ya es mi turno.
– Perdona – le cogí por el brazo. – Sigues llevando el moco.
– Vaya hombre – . Se restregó el pañuelo doscientas veces por la cara ya nervioso, y doscientas veces el moco se escabulló del pañuelo. Ahora lo llevaba en la mejilla a modo de berruguilla sexy.
– Con todos ustedes, Pedro García. (Aplausos).
– ¿Ya? – me preguntó.
¡¡¿¿Cómo que ya??!! No sabía si reír o llorar. En el último instante lo cogí por el brazo y con la otra mano y con mucho asco le quité el moco de la cara.
– ¡¡Gracias!! – me dijo ya entrando a escenario.
– ¡Me debes un moco! – le grité mientras le señalaba el moco en cuestión.
Después cogí un pañuelo, lo deposité en él. Lo tiré a la papelera y me lavé las manos como cuatrocientas veces.
No me he vuelto a reponer de aquello. Ahora cada vez que alguien saca un pañuelo para sonarse, miro para otro lado o cambio de acera. Aunque reconozco que fue algo heroico lo que hice. No todo el mundo le hubiese quitado el moco con sus propias manos a un desconocido. Gracia, no me hizo ninguna.
PD: Y todavía me debe un moco. Y no uno cualquiera. Sino uno grande y pegajoso.