1477. EL MOSQUITO GADITANO
Francisco José Domínguez Morán | Saladillo

Aquellos de corazón delicado, detened vuestra lectura. Pues es esta una historia de horror. De violencia y crueldad. Del feroz enfrentamiento del hombre contra la bestia más infravalorada de la naturaleza.

El mosquito gaditano.

El mosquito gaditano es igual que el mosquito almeriense o el asturiano, solo que es de Cádiz. y, por tanto, cansino y pejiguera por naturaleza. Y gusta de pasearse de forma provocativa y chulesca por tu dormitorio, aprovechando que tú estás en modo ahorro de energía, para darte picotazos y llevarse una parte fundamental de tu patrimonio, como es tu propia sangre.

Pues el lunes por la noche se me metió en casa un mosquito gaditano. Y yo que acababa de coger la postura élfica, que es con la que mejor se duerme, y estaba ya en el segundo ronquido, escucho al mosquito pasar por al lado de mi oreja, como diciendo, «aquí está el tío». Y yo me revuelvo como si fuera la pantera negra esa de marvel y me pongo en posición de defensa, como dejando claro que, si había que empezar las hostilidades, se empezaban. Y el mosquito, que, al verme, se encarama en la lámpara, como si fuera el temible burlón. Y ahí yo, ya, me rebelo a bordo.

«Te quito la vidaaaaaaa» grité, «te quito la vida y no me da ni repelús pensarlo, fíjate lo que te digo» y mientras lanzo la amenaza, dejo caer la mano al suelo en busca de una de mis zapatillas de paño con la mala suerte que al darle con los dedos se escurre debajo de la cama. «A tiempo estás de deponer tu actitud» dije para ganar tiempo y que el bicho no se percatara de mi maniobra. «bzzzzzzz» dijo él, con toda la poca vergüenza del mundo. Y en ese momento, atrinco la babucha y la lanzo contra la lámpara. Y si no me tiro de la cama, me llevó un lamparazo antológico, porque al mosquito ni lo toqué, pero la lámpara la arranqué de cuajo.

«Belcebuuuuuuu» grité mientras rodaba por el cuarto, ciego de furia. Pero se ve que eso no hizo más que espolear el ánimo de mi oponente pues, al grito de “Tora, Tora, Tora”, se lanzó sobre mí, pegándome un “ñaca” en la frente, que me dejó unicorniado del picotazo. «Mañana hay luto en tu casa» le solté, y como pude me arrastré hasta la cocina, esquivando sus embestidas, hasta alcanzar el armarito donde guardo el spray. “Bzzzzz” dijo él al verme, como queriendo decir, “¿Armas químicas a mí?” y como por arte de magia, desapareció de escena, al tiempo que yo vaciaba el bote por toda la casa.

¿Había vencido a la bestia?

Claro que no. Tras verme toser como un descosido, con los ojos cuajados de lágrimas, víctima de mi propio ataque biológico, el mosquito reapareció triunfante ante mí, que, derrotado, solo pude observarle despojado de toda esperanza. “Bzzzzz” susurró a dos centímetros de mi nariz. Como diciendo, “Y ahora me voy porque quiero”