1304. EL MÓVIL Y LOS CHURROS
Sergio Blanco Blánquez | Blancox

En el mes de diciembre de un año cualquiera, una noche decidí embriagarme, ligeramente, con la exacta cantidad de felicidad –sobredosis– que provoca que uno no sea consciente de aquello que sucede a su alrededor. A la salida del bar con mis amigos, me robaron el móvil. Lo que ocurrió aquella noche es verídico, tanto como el relato que se narra a continuación.

Una semana más tarde, paseaba yo de noche cuando encontré un teléfono móvil sobre la acera. El móvil era exactamente del mismo modelo y color que el que alguien me había robado días antes. Parecía estar esperando a ser recogido. Estaba muy oscuro y no había nadie en la calle. Por el fondo de pantalla supe que la dueña del móvil era una mujer joven –tendría unos cuarenta años–, atractiva, con un parche en un ojo, y madre de cuatro niños rubios sonrientes –o al menos sonreían en la fotografía. Decidí meter el teléfono en mi bolsillo. Una vez en casa, por fin, alguien llamó a mi nuevo número: “Aa mamá”.

—Buenas noches —contesté rápidamente.

—¿Quién eres tú y dónde está Carmen? —respondió una voz débil al otro lado de la línea.

—Evidentemente yo no soy Carmen —dije, —soy……

—Ya, ya veo que no eres Carmen, lo que eres es un sinvergüenza —me interrumpió de manera agresiva, sin darme tiempo a reaccionar,— ¿qué le has hecho a mi Carmen? ¡Voy a llamar a la policía!

Por un momento pensé que la mujer fuera a colgar el teléfono.

Apresuradamente, respondí: —¡no le he hecho nada! —Le imploré—, por favor, escúcheme…

La mujer había colgado.

Me sentía ridículo con el teléfono en la mano. Minutos después, cuando el teléfono se estaba quedando sin batería y tuve que ponerlo a cargar, me sentí aún más patético. Al rato, alguien llamó de nuevo. Era el marido de Carmen.

—¡No cuelgue el teléfono! —respondí velozmente.

—¡Queremos recuperar el móvil, por favor, pagaremos el rescate! —dijo él, todavía más atropelladamente.

Yo no podría creer lo que estaba ocurriendo. Si hubiese querido llorar, habría podido hacerlo. Lágrimas de frustración.

—No quiero su dinero, tan solo quiero devolverle el móvil —le imploré.

—Oh, eso no me lo esperaba —dijo él, sorprendido.

Más tarde, alguien volvió a llamar. Según vi que se trataba de nuevo de la madre de Carmen me puse tenso. La mujer quería esta vez darme las gracias y disculparse por haber pensado que hubiera secuestrado a su hija. No aburriré al lector relatando que la madre de Carmen volvió a llamar dos veces más; simplemente deseaba hablar con su hija y continuaba olvidando que el teléfono aquella noche estaba en mi posesión. Sufría de una enfermedad neurodegenerativa, según supe posteriormente.

Así, tras devolver el teléfono a su dueña, acepté la invitación. Allí estábamos todos, en el centro de Madrid; raciones y más raciones de churros, chocolate caliente, niños –que efectivamente tenían cada uno una amplia e incesante sonrisa–, abuelos, marido, mujer, y yo.