1091. EL MUERTO PERDIDO
CORDENTE TRIGUERO | Madhubani

Juan falleció ayer por la mañana, por desgracia para todos, nadie le dijo a dónde ir, ni lo qué tenía que hacer cuando despertara y no necesitara aire.
Cuando el sepulturero llegó a la funeraria, el cadáver había desparecido. Los hombres y mujeres de nuestro pueblo temblaron de terror, pues es sabido que, un muerto sin sepultura, se convierte en espectro, vaga por las casas, persigue a gatos y perros, se amiga con las ratas, busca y entra en el lecho de las jovencitas más inocentes.
El alcalde ordenó que se patrullara por todo el término municipal, se subiese al campanario de la iglesia y se bajara a las bodegas donde se guarda el pan,los jamones, el aceite y el vino. Fue inútil, Juan no apareció y la mujer más anciana de nuestro pueblo recordó que los espectros pueden tomar la forma de un cuervo, un estornino y hasta de un soplo de aire. Era posible que, el condenado, nos vigilase desde la esquina de una nube. Sus palabras nos desmoralizaron y se buscó al culpable de no instruir a Juan sobre lo qué hacer cuando se muere, pero luego de hablar con el alcalde, el cura y el juez de paz, se concluyó que a todos se nos había olvidado.
Los días siguientes fueron terribles, las jovencitas tenían prohibido salir de sus casas, los padres descuidaban el campo para vigilarlas. Solo la madre de Juan parecía tener tarea, solo ella dedujo que los muertos, al igual que los vivos, añoran la felicidad que gozan o gozaron. Fue a la tienda y compró lo necesario.
El olor de las lentejas estofadas recorrió los campos y corrales, subió a la cimas más altas y bajó hasta las cueva donde, el indiano viudo y sin hijos, — cuentan las abuelas —, guardó sus dineros.
Nadie en el pueblo dudó de que el olor atraería hasta a un muerto.