902. EL NIÑO POLLO.
Vicente Tormo Castillo | Vicentet75

Lo llamaban el niño pollo. Muy a pesar de su madre. Pero, es que no quedaba otra. Sus padres ya no sabían qué hacer y, en la escuela, era un sinvivir. En clase, lo único que hacía era permanecer en silencio con los ojos muy abiertos y las manos metidas bajo los sobacos simulando que tenía alas y, cuando la profesora le preguntaba algo, contestaba intercalando sonidos de gallina.
— Dos por cuatro, ¡popooooc!, ocho, ¡pooooc!
Claro, las clases eran un alboroto y sus compañeros aprovechaban para tirarle bolitas de papel y decirle: «¡Come pollito, come!». Entonces, él se lanzaba desde la silla dando un ligero saltito y se agachaba hasta cogerlas con la boca y comérselas moviendo las alas y la cabeza, con los ojos muy abiertos. «¡Popooooooc!»
Al final, un jueves que intentó saltar por la ventana para demostrar que podía volar, lo expulsaron del colegio.
Al día siguiente, su madre se lo llevó al Mercadona. Y se perdió. Tras más de veinte minutos de angustia buscándolo, lo encontró sentado sobre el palé de los huevos. «¡Popooooooc!, Salid pollitos, salid», decía mientras clientes y carritos se apartaban despavoridos.
En casa, comía sin usar las manos, salía al jardín de la urbanización a hacer sus necesidades subido en un palo de la verja y, tras acostarse, se dormía abrazado a un huevo que, cada noche, cogía de la nevera.
Así que, sus padres, decidieron llevarlo a un psicólogo. Dinero que se hubiesen ahorrado si, desde el primer día, hubieran admitido lo que habían hecho aquel verano cuando alquilaron al chiquillo, por horas, a un hipnotista para que practicara su número para el espectáculo en el resort.
La cuestión es que nunca sospecharon nada porque no fue hasta mucho después cuando empezó a ocurrir todo. Fue en Navidad cuando el Gran Blake salió por la tele en el programa especial de Fin de Año. Ramoncín, que así se llamaba el niño, emocionado al ver a aquel hombre al que había ayudado en vacaciones, se plantó ante el televisor y no se despegó de allí hasta que terminó el show.
— ¡Popooooooc!»—le contestó a su madre cuando lo llamó para que apagara la tele y se sentará a cenar. Desde la mesa, observó cómo Ramoncín, tras apagar la televisión, dio un salto sobre la silla, se subió a la mesa, preparada para Nochevieja, y empezó a picotear los platos de aperitivos que había minuciosamente colocados, bajo la estupefacta mirada de toda su familia. A la abuela casi la entierran.
Así que, habiendo escuchado aquella historia, el psicólogo dedujo que la única solución era ir a buscar al supuesto hipnotista y que deshiciera el entuerto.
Tras encontrado y pedirle el favor, consiguió, con un chasquido de dedos, que el niño dejara de hacer el pollo.
Hoy en día es una persona normal, casada y con hijos, cuya única secuela es despertarse cuando sale el sol. (Bueno, y subir al tejado cada mañana cacareando y despertando a todos los vecinos).