El ocaso de los enamorados
Hind Quassouh | Hinns

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En un momento de evasión en una playa rodeada de vegetación, donde la música era el núcleo de unión, vi a un chico entre la multitud, un chico que desprendía una luz que invadió mi mente e hizo que me quedase mirándole durante un buen rato, indiferente a la realidad. Tras unos encuentros fortuitos en los que intercambiamos miradas, una preciosa noche de verano, ahí estaba, sentado frente a la hoguera enfundado en la música de fondo. Desprendió una sonrisa que me sorprendió y emocionó a la vez. Tras dirigirme al baño y encerrarme para dialogar conmigo misma sobre qué debía hacer, me decidí a salir y sentarme junto a él. Le pregunté por la sonrisa que me había regalado, y él me contestó que llevaba toda la semana esperando este momento. Por mí cuerpo recorrió un escalofrío cálido y no pude evitar derretirme de la emoción. Eso hizo que mis nervios aumentarán. Tras un largo rato donde intercambiamos versos y en los cuales conectamos mostrando esa faceta de nuestra persona que nos suele costar presentar a desconocidos, se empezó a generar una química que intensificaba la situación. Esa sensación tan emocionante y a la vez difícil de describir, junto a esas miradas cruzadas y duraderas crearon una intimidad entre ambos encapsulándonos en una burbuja de felicidad, de la cual deseaba no salir.

Más tarde procedimos a dar un paseo por el bosque en el cual el silencio era extrañamente cómodo. Llegamos a una tarima de madera en medio de una laguna, saltamos la valla y nos sentamos en el suelo. Era el lugar y el momento perfecto y, aunque por dentro me consumían los nervios, intentaba aparentar tranquilidad. Entonces me abrazó, y fue en ese instante cuando su aroma se apoderó de todos mis sentidos lentamente hasta llevarme al éxtasis . No lo puede resistir y le besé -“¡No me puedo creer que le haya besado!”- , y al hacerlo sentí como nos elevábamos. Fue un beso lento y delicado, entrecortado por las sonrisas, donde se podía sentir el amor nacido de una conexión inesperada .

Lentamente nos fuimos fundiendo entre abrazos y caricias en la tierra, mientras renacía el sol y, junto a él, el cantar de los pájaros. El reflejo de los primeros rayos proyectados sobre la cama de agua y filtrados entre las ramas de los árboles, nos acariciaban la cara con suavidad, mientras el olor a tierra y mar nos arropaban haciendo que el momento cobrase más vida de la que ya tenía .



Era un lugar mágico que y dió vida a una historia inolvidable.