536. EL OPERATIVO
Raúl Héctor Lombardi Maugeri | Martín Yedros

El operativo
Al mórbido silencio de la noche lo profanaba el aleteo del helicóptero policial. El haz de luz de su reflector luchaba por atravesar el manto de niebla que cubría la ciudad. Los escasos vehículos circulantes se delataban por la proyección de las luces de sus faros en el pavimento húmedo. Apurados por llegar al resguardo de sus casas, los conductores pasaban cortando semáforos. Desafiando los peligros y oculto desde el aire, un grupo policial se jugaba el pellejo ante la puerta del caserón. Estaban distribuidos estratégicamente, con las armas listas para disparar. A una señal del jefe, dos pares de agentes se desplazaron agazapados hasta situarse de espaldas, uno a cada lado de la abertura. Los postigos de las ventanas impedían la visual en ambos sentidos. Con otro gesto, el jefe instó a un imberbe agente para que se adelantara hasta la puerta del edificio. Era el único que no estaba armado. El ruido del helicóptero, el ulular de una lejana sirena y el llanto de los perros, se conjugaban para presentir su sombrío futuro. El jefe pensó que si el novicio sobrevivía, la experiencia lo haría más fuerte y hábil hasta que llegue el reemplazo de la última baja. Como en un acto mil veces ensayado, hizo un ademán y el resto de la tropa se cubrió detrás de consistentes obstáculos, con las armas apuntando hacia la puerta. El novato, angustiado, miró al jefe y este le respondió con una imperativa señal. Resignado, el muchachito gritó con la voz afectada por la congoja: ¡CONSIGNA! La respuesta fue inmediata: ¡PANCHO VILLA! Con su inocencia acuestas, el principiante respiró confiado, dio un paso al frente y abrió la puerta. El resto del experimentado grupo se mantuvo en alerta. No bajarían la guardia hasta no identificar a los dos hombres que, sobre una moto enduro 250 con sidecar blindado, esperaban impacientes. Mordiendo la bronca por la demora en ser atendido, el conductor bajó y le entregó al novato un sugestivo bulto. El acompañante siguió en su habitáculo, mirando hacia todos lados, con un fusil AK-47 listo para disparar.

Rato después de terminado el operativo, ya en sobremesa, alguien comentó:
—Es un arma impresionante.
—Sí, es que la calle está muy jodida—respondió otro.
—La de roquefort estaba mortal; esa sola justificó el riesgo—sentenció el jefe, mientras se inclinaba hacia atrás en la silla y profería un grotesco eructo. Aun así, con la pesadez de la digestión a cuestas, se levantó para comprobar que estuvieran trancadas todas las puertas y ventanas de la comisaría.
Martín Yedros