El orden de las cosas al caer
Sergio Rivera Pagán | Maf

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Cuando Antonio Blanco despertó de aquel sueño oscuro, vio a su último aliento volar como paloma fugitiva de vuelta a su boca y entrar, igual que salió, por sus labios. El soplo hizo que su cuerpo inmóvil tiritara con vida. Los ojos grises le tornaron negro. La sangre coagulada se licuó y le corrió por el cuerpo, lubricando su musculatura. Estaba en un cuarto estéril, rodeado por desconocidos que absorbían lágrimas con sus ojos. El tiempo pasó: Antonio veía por las ventanas como las albas pasaban directamente a noches y las noches morían en atardeceres. Fue en la ambulancia, conducida marcha atrás hacia su casa—el hospital alejándose en el parabrisas—que Antonio Blanco entendió que estaba viviendo al revés y un golpe de éxtasis le colmó el corazón: a pesar de todo, volvería a ver a Rocío Bustamante.

Los paramédicos lo dejaron tirado en el umbral de las escaleras, sus huesos y musculatura ardiendo como destellos. Voló violentamente de peldaño a peldaño hasta el tope de las escaleras y el dolor—intensificado con cada golpe—le recordó la angustia, todo el auténtico calvario de sufrimiento, que le esperaba antes de su encuentro con Rocío. Pero igual que se cruza el desierto con la esperanza del oasis, Antonio se lanzó por los años y, conociendo ya las aguas de ese oasis—su dulzura, su frescura—, el desierto pasó de pronto. En un abrir y cerrar de ojos, recorrió su vida de atrás hacia adelante, como película rebobinada, rejuveneciendo con los días—las canas oscureciendo, las arrugas planchándose—y reconociendo con melancolía momentos olvidados…Hasta que llegó, finalmente, aquel día.

Antonio desaceleró el ritmo de las cosas. Esto lo quería vivir. La primera vez que vería a Rocío: la última vez que la vio. El primer encuentro: el último adiós. Lo atrapó, simultáneamente, una sensación de pérdida, destrucción, desamparo y de euforia, ardor y alegría: como polilla volando hacia el fuego.

Inhaló una nube de humo y la escupió al cigarrillo, mientras la punta encendida succionaba, como por magnetismo, las cenizas del suelo. La aurora moribunda iluminaba las lágrimas que trepaban sus cachetes y se extinguían en sus ojos. Apagó el cigarrillo con el mechero. Entró en reversa al hospital, hasta un cuarto del cual se oían doctores agitados. En la cama: lo que quedaba de Rocío Bustamante. Le agarró las manos. Revolaron mariposas en su tripa: los nervios de un primer encuentro: la excitación de un comienzo.

—Yo también—dijo Antonio, sollozando.

—Tengo miedo—susurró Rocío.

—Nunca. Nunca te olvidaré.

—No me olvides.

—Te quiero—dijo Antonio.

—Te quiero—dijo Rocío.

Antonio la miró y la besó por última vez y el corazón le aceleró porque sabía que era, en realidad, la primera vez, y que vería, aunque lentamente, a Rocío Bustamante recuperarse; vería como la quimio le restauraba la energía y el color y el cabello; vería como los tumores macizos nutrían a sus órganos y luego desaparecerían a la nada; vería cómo Rocío volvía a ser Rocío. Y él estará allí, a su lado.

En el cielo de su compañía.