661. EL ORGULLO DE BROWNSVILLE
Tomás Piedra Pérez | Kurtinaitis

Mi contacto me había informado de que el bar donde la encontraría era «el típico bar de toda la vida», «en una calle cualquiera». Le faltó lo de «en un distrito que olvidé», pero eso era demasiado poético para alguien que se hacía un lío importante con lo de la M con la A, un tipo que no repitió parvulitos porque el sistema educativo es demasiado tolerante con los niños de cuatro años. Tuve que subir el tono de mis amenazas y ofrecerle un billete con la cara de Jackson para que el muy cretino, por fin, consiguiese acordarse del nombre del garito.
Ya lo sé, dime quién te informa y te diré qué clase de detective eres. Pero ¿qué podía hacer con unos honorarios de menos de veinte dólares la hora? Una asistenta ganaba más por limpiar una casa; por eso yo no tenía asistenta…, ni casa. Dormía en un catre de la oficina, me aseaba en las gasolineras y comía en cafeterías de mala muerte. Yo era la esencia de un oficio que poco a poco se iba perdiendo. No era el momento para lamentaciones; tenía que centrarme en la búsqueda de una posible testigo en el asesinato de Jack DeLuise: un colega, uno de la asociación, un investigador privado más delgado y económico que el resto. Lo habían matado mientras se comía una manzana. Cuidado, no una hamburguesa, una manzana, un objeto, que yo sepa, que no lleva queso, kétchup ni patatas fritas. Ese desgraciado, con sus precios de dieta sin proteínas, no solo me había obligado a bajar todavía más mi ridícula tarifa, además, denigraba al gremio comiendo vegetales en público.
Por culpa de sus deshonrosas costumbres, tendría que alejarme de Brownsville y buscar aquel antro de Coney Island para quitar de en medio a la mujer que probablemente me había visto merodeando por el lugar donde le clavé a Jack su propio cuchillo; el objeto con el que unos segundos antes había pelado aquel engendro sin sustancia caído de un árbol. Se empieza por sustituir el sándwich de pastrami por fruta y se acaba militando en peligrosas sectas veganas, que prohibirán el cuento de los tres cerditos y el beicon a la plancha.
Sobrevivimos de milagro a la ausencia de tirantes y, a duras penas, nos estamos recuperando de la desaparición de sombreros y gabardinas; no podía tolerar que una maldita manzana nos diera el golpe definitivo, de ninguna manera.