EL PACTO
Maria Teresa Machado | Mayte

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Una mañana de mayo, después del fin de la Emergencia Nacional por el Coronavirus quedamos finalmente en conocernos, tal como habíamos acordado antes de la pandemia cuando supimos cada una de la existencia de la otra. Estábamos listas para este encuentro que debía haber ocurrido hacía mucho tiempo y que, intuíamos que iba cambiar nuestras vidas.

A pesar de que no nos conocíamos nos habían dicho que nos parecíamos mucho: la misma estatura, el mismo color y largo del pelo, la manera de posar para las fotografías inclinando un poco el cuerpo hacia la izquierda y, sobre todo, en las facciones de la cara. Por ello, fue fácil reconocernos. El parecido era asombroso. Teníamos mucho que contarnos.

Quedamos en la Plaza Santa Ana. Poder transitar por el Centro de Madrid daba la sensación de haber regresado a la normalidad.

Lo lógico hubiera sido que nuestra conversación girara en torno a nuestros hijos, pero desde el inicio, tomó un rumbo más íntimo.

Sorprendidas ante el gran parecido entre nosotras, pues no éramos gemelas sino hermanas que compartíamos el DNA paterno, nos embargamos en la tarea de hallar en qué no nos parecíamos. Ambas pensamos que de esta forma nos conoceríamos mejor. Después de una búsqueda exhaustiva que incluyó: descalzarse para ver si teníamos los dedos del pie del mismo largo, comparar el grosor de nuestras venas, subirnos la falda para comprobar que teníamos la celulitis localizada en los mismos sitios del muslos y buscar los lunares que teníamos en el dorso y en la espalda, concluimos que, con excepción del lunar suyo cerca del codo derecho, poco más nos diferenciaba. Hubiera sido normal que nos confundieran, pero como hasta ahora habíamos vivido en continentes diferentes esto no nos había pasado nunca.

Entonces llegó el turno de hablar de nuestros hijos y de nuestros maridos. En mi caso, de mi exmarido pues llevaba cuatro años divorciada. Ester me confesó que le gustaría tener la libertad que yo tenía y la oportunidad de viajar. Mi trabajo en una compañía de seguros donde anualmente nos premiaban a los vendedores categoría Estrella con un viaje me había permitido conocer todos los Continentes, con excepción de Oceanía. Por mi parte, le conté mi frustración con el horario de mi trabajo el cual no me permitía dedicarme a mi gran pasión: escribir. Añoraba una vida más tranquila, como la de ella… con un marido que no le gustaba viajar y que pasaba largas horas frente al televisor sin dirigirle la palabra.

Nos sorprendió la coincidencia de que las dos añorábamos algo diferente, pues a primera vista, parecía que estábamos satisfechas con nuestras vidas. Fue un alivio cuando me confesó que su esposo y ella no tenían intimidad hacia años.

Cuando comentó que nuestro encuentro había despertado el espíritu indómito de su juventud nos entendimos sin palabras. Hicimos un pacto de hermanas. Al mes recibí su postal desde la Polinesia Francesa.