El pájaro en el que viajó.
Desirée Agorreta Torregrosa | Des

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Mi bisabuela nació en 1911. Era una mujer poco confiada, a la que no le gustaba mucho lo nuevo, bastante aséptica con los cambios, pero muy entrañable. Casi todas las tardes, se sentaba en la puerta de su casa para ver pasar a la gente y hablar un ratito. Además, un día a la semana, normalmente los viernes, hacía pastitas para los más jóvenes del pueblo.



Yo acostumbraba a sentarme con ella cada vez que íbamos a visitarla. Me encantaba que me contara historias mientras estábamos “a la fresca”. Siempre tenía una nueva historia que contar. Claro, las intentaba adecuar a los 6 o 7 años que yo tenía por aquel entonces, aunque alguna vez, sin querer, se le escapaba alguna palabra malsonante seguida de un “ains nena, eso no se dice, perdona a tu abuelita”.



Aun recuerdo el día que vimos un avión pasar por el cielo. Cabe decir que los aviones no suelen verse desde el pueblo, ya que es una zona alejada del aeropuerto más cercano. Las dos estábamos sentadas en una silla mientras mi abuela preparaba rositas, como así le llamaban a las palomitas de maíz.



– Eva, ¿alguna vez has visto ese pájaro que vuela tan alto? Cuando yo era joven no habían de esos.

– Ma María, eso es un avión, no un pájaro. Es como un coche que vuela en el que cogen muchísimas personas y se puede viajar lejos en menos tiempo. ¿Te acuerdas cuando me fui con mis padres a París? Pues me fui en uno de esos.

– Eso me dice tu abuela, pero yo no me lo creo (mi bisabuela tan escéptica como siempre).

– Prometo llevarte a ver aviones y podemos convencer a mi mamá para que nos vayamos las cuatro a algún sitio, ¿quieres?

– Eva, ¡no me subo en una cosa de esas ni loca!

– Venga, porfa, porfa, porfa.



Me puse muy pesada, he de reconocerlo. Pero mereció la pena. Deberíais haber visto con qué cara miraba desde la cristalera del aeropuerto como despegaban y aterrizaban los aviones. Sus “esto no te lo voy a perdonar” mientras subíamos la rampa hacia el avión. Los “ains mamá, ayúdame” mientras despegábamos o aterrizábamos.



Era su primera vez viendo un avión de cerca. Era su primera vez viajando en avión. Era su primera vez viajando fuera del pueblo.



Pero fueron tan gratificantes sus besos y sus palabras que las tengo grabadas a fuego en mi corazón: “Gracias Eva. A pesar de tu corta edad, me has enseñado que hay más mundo a parte del que conocemos. Que siempre hay que escuchar y aprender de los demás, aunque no nos convezca su idea. Y, sobretodo, me has enseñado que la costancia y el trabajo hace que puedas conseguir lo que te propongas, como has conseguido que yo me suba a ese avión”.