387. EL PAN MAS TIERNO
RAMÓN ARIZAGA GARMENDIA | EL CLANDESTINO

Boris Kurdova era hijo de la crisis de los misiles y su caja encefálica se había constituido con la tensión del DEFCON2. Recién aterrizado en Sevilla fue al cementerio para derramar una petaca de ron sobre la tumba de Antonio Machín. Después cogió un media distancia a Cádiz tarareando las habaneras de Burgos. Cuando llegó una racha de levante le hizo danzar a ritmo de guaguancó. El habla de la gente cosquilleaba sus orejas erguidas como las de un zorro sediento de cuchufleta. Pronto arribó a una taberna donde le mostraron la flor del vino. Le contaron que el fenómeno se produjo en Cádiz cuando el asedio napoleónico. La dificultad del abasto impuso el racionamiento del caldo que por la prórroga floreció en el barril. Un tertuliano cantó una de bombas y tirabuzones mientras la manzanilla llevaba camino de perder su flor. El momento álgido llegó cuando otro declaró que la Habana es Cádiz con mas caliche y Cádiz la Habana con mas espiche. Un tercero le acompañó hasta la parada del autobús de San Fernando porque era la Feria de la Sal.
Al desembarcar en la Isla de León su sed era huracán contra el malecón de su gaznate. En una tabernilla con poster de la Virgen del Carmen encontró su salvación porque escanciaba vino chiclanero. Bebió unas cuantas haciendo bueno el dicho de quien lo prueba repite antes de llegar al real que presentaba aspecto declinante. Envalentonado paró en la barraca de tiro que regentaba un gitano con patillas de Curro Romero. Este utilizó su diplomacia romaní para hacerle ver que iba a tirar su dinero. Boris arguyó que el feriante no quería darle el premio. Ante su obcecación el feriante entregó la escopeta corriendo a la esquina del puesto en busca de protección. Probablemente fue Baco quien apretó el gatillo porque hizo tres blancos de tres tiros.
El cubano rechazó el premio de la muñeca. Entonces al calé se le ocurrió meter una tortuga de su hija que surcaba un barreño en una bolsa de fantasía que el ganador ubicó en su sobaco al partir. Una hora después se disponía a cerrar el puesto cuando vio acercarse a Boris haciendo las eses de las sierpes de Las Antillas. ¡Qué suerte la mía! Sólo pudo cerrar la mitad del puesto quedando levantada la baraja del mostrador desde donde había disparado. Esta vez ni siquiera intentó la disuasión porque los Bacantes cumplen los designios del cosmos. De este modo repitió la tríada. Entonces quiso conocer el misterio:
-En veinte años en el puesto no he visto a nadie que tire como usted.
-Porque fui francotirador del ejército cubano. Los compañeros me apodaron ochote porque de ocho disparos siempre fallaba el octavo. Pero el comandante mas culto me llamaba Octaviano.
-¿A qué distancia estaba el blanco?
-A mil ochocientos metros.
-¿Qué premio quiere?
-Un bocadillo como el de antes pero con el pan mas tierno.
La luna rielaba sobre el Caño Zurraque mientras surgía el lucero del alba templado por tenue ventolina.