28. EL PAPEL HIGIÉNICO
María Florit | M. Durán

Viví, años atrás, con una chica gallega. Compañera de piso de la que mi casero dijo “que era majísima”. Creo que fue el corrector lo que le hizo cambiar la j por la l.

La convivencia con Sara (nombre ficticio) parecía normal el primer día, pero pronto detecté ciertas conductas extrañas: únicamente le daba una calada a sus cigarros, cantaba mirándome a los ojos mientras yo comía lentejas o dejaba, a modo ritual, huevos duros partidos por la mitad. Repartidos por toda la casa.

Pasó un mes de convivencia en el que yo apenas estaba en casa entre el trabajo y la vida madrileña, que te enreda. Un jueves, antes de irme a mi ciudad natal y abandonar durante escasas 48 horas esa casa, decidí comprar papel higiénico. Compré 24 rollos; ni uno más, ni uno menos. Tras un corto descanso, el domingo volví a la casa que compartía con ella.

Después de cuatro horas y media metida en un tren infecto, una hora de cola para parar un taxi y un trayecto por carretera, abrí la puerta de casa, la vi en el sofá, con un cenicero lleno de cigarrillos sin consumir y la saludé con un escueto “hola, voy al baño y en breve me haré la cena”. Me senté en la taza del wáter, hice pis y mi mano fue directa a coger papel del portarrollos. No hubo contacto: no había papel. Miré a la estantería de enfrente y, efectivamente, tampoco había. Un tanto sorprendida, me levanté, me puse el pantalón rápidamente y salí.

– Sara, ¿dónde están los rollos que compré el jueves? – dije recalcando el día de la semana.

Me miró fijamente a los ojos, con esa mirada perdida que tenía cuando me cantaba o cuando fumaba sin fumar. Por primera vez, noté cierto brillo de emoción en ella.

– Se acabó – respondió encogiéndose de hombros.

Instantes después, un ruido me hizo girarme e ir hacia el baño. Del wáter había comenzado a brotar agua. Su fin de semana había consistido en meter, uno a uno, los rollos enteros de papel higiénico y tirar de la cisterna.

Y, días después, llegó un fontanero, lo arregló y se fue. Al igual que Sara, mi querida compañera gallega, que tras ese incidente y varias catastróficas desdichas anteriores, también fue invitada amablemente a irse de aquel piso.