1225. ¡EL PARAÍSO ESTÁ SOBREVALORADO!.
IGNACIO PARRAS GARCÍA. | Mertel.

Aquella noche Adán no pudo conciliar el sueño, llovía desmesuradamente. Pero no todo era agua la causa del profundo desvelo, sino un exceso de conciencia, la maldita conciencia que siempre paraliza. Además de las goteras del techo, que impunemente dejaban caer de forma reiterada un ejército de minuciosas y repetitivas gotas sobre su pensativa frente. Pero como era un señor sin infancia ni adolescencia, al menos que él recordase, porque el barro es un elemento nocivo poco dado al pretérito, su abulia era de unas proporciones infinitas. Y aguantaba de manera estoica los golpecitos acuáticos y la dentellada de la conciencia. Desde que Eva se largó con Abel y Caín a Benidorm, porque tanta monotonía pasaba por ser desesperante, la mente de Adán era como una lavadora centrifugada permanente. ¡Qué habré hecho mal!, se repetía insondablemente, y con un valor sobrehumano se incorporó de la cama y se quedó mirando estupefacto hacia la ventana. El paisanaje que veía a través de su rectangular ventana; un monstruoso bloque de viviendas con terracitas incrustadas y persianas descoloridas y bajadas, todo amortiguado por una luz neutra y anaranjada que desprendía el alumbrado público que no púbico y una silenciosa procesión Itifálica de jóvenes educados y sumamente abstemios, no agresivos y limpios, horadando el parterre vecinal y comunitario, con sus arbolitos y céspedes entumecidos y humedecidos, porque llovía.
Encendió un aletargado cigarrillo, sentado ya sobre la cama como un Atlante con afonía y cinismo, comenzó su monólogo nominal, eso sí, siempre tratándose de usted que el tuteo para estas derivas puede llevar a confusiones pedáneas que no sucedáneas.
¡Qué habré hecho mal!, si yo lo que siempre quise ser es Carlo Mollino, claro aproximativamente, y no este señor autónomo que se sostiene de posibles imposibilidades y además madruga.
Ya sé que mis extravagancias son difíciles de digerir, pero ante tanta fluctuación que le queda a uno.
Que sí, que esta manía mía de disfrazarme de difunto siempre todos los carnavales y en fiestas de guardar cansa y amotina, pero como les expliqué en su día a mi incomprensiva familia, a veces me gusta la hipotética sensación de vivir como un resucitado, es que el mundo se ha vuelto impracticable y la letra pequeñita, pero que muy pequeñita y malintencionada del recibo de la luz, también. Soy un incomprendido, y eso que todas mis verdades van en perspectiva que dijera Ortega y Gasset, y no es que lo haya leído, sino que se lo escuché a Caín decir a su queridísimo hermano el día de su comunión. No somos más que ceremonia, dijo Eva al despedirse, y no sé si la frase es genérica o emérita. Hace días que no cogen el teléfono y estoy como el asno de Buridán (búsquenlo en Google, que entretiene). A lo mejor el abandono me ha hecho más consistente y divergente, eso dice mi amante, quién sabe. Toda creencia es subsidiaria, souvenirs.
Amanece, pían los pajaritos su docta ignorantia, benditos. ¡El Paraíso está sobrevalorado!.