El pasado nos puso en el mismo lugar
Patricia Belmonte López | Patribl

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Cuando me quise dar cuenta, estaba arrastrando la maleta por la avenida. No estaba nerviosa, no, me encontraba relajada, observando los naranjos de aquella avenida que me conducían hacia nuestro encuentro. Lo vi esperándome en el portal, también relajado, o eso me parecía. Al encontrarnos, intercambiamos miradas que se tradujeron en un beso silencioso.

El trayecto hasta el apartamento transcurrió en gran parte en silencio. Él no era de muchas palabras, pero sí de muchas caricias. Me sorprendió sentir de repente su mano aferrándose a la mía, como si me estuviese diciendo quédate. En ese momento, creo que se forjó un vínculo entre nosotros en completo silencio.

Los días siguientes se desvanecieron en mi memoria como un destello, luminoso y potente, dejando la certeza de un próximo reencuentro.

Recorríamos las calles del centro con las manos entrelazadas, como una pareja con años de complicidad. Cada roce de sus dedos en mi cuerpo me estremecía, sumiéndonos de repente en un silencio reconfortante en medio del bullicio de la gente.

Todo ese silencio tenía una explicación. Éramos personas heridas.

Nuestro pasado nos pesaba como una mochila que siempre cargábamos a nuestras espaldas. El tacto, los roces y las miradas se convertían en nuestras aliadas, en nuestra forma de comunicarnos y reconocernos mutuamente. Aunque vivíamos en ciudades diferentes, nuestros encuentros se volvían cada vez más frecuentes, ya que necesitábamos uno al otro. Ansiaba su afecto en forma de abrazos y sus miradas para entenderlo mejor. Resulta asombroso cómo se pueden expresar tantas emociones con tan pocas palabras. Él me comunicaba todo en cada encuentro, prescindiendo de la necesidad de palabras.



Él era mi refugio, y yo era el suyo.