438. EL PENDÓN DE AQUILES
Francisco Rueda García | Frankos Roda

Contacto, aire abierto y arranque… ¡brrrum!, ¡brrrum…! El ruido de la moto es único. A la salida del garaje bruñe como un Roldán, acero-plata, al galope por las campiñas de Poitiers.

Algunos km más adelante entra en la gran urbe y se detiene en varios semáforos. Justo en el de la Ciudad de las Ciencias, un tipo abre el cristal de la ventanilla de su automóvil con las gafas de sol a punto de salírsele por la nariz y lo mira fijamente. Aquiles ningunea la mirada y al punto le arrea dos apretones al puño del acelerador, ¡brrrum!, ¡brrrum…! El tipo vuelve a mirarlo y le indica con el dedo índice a los pies. Aquilino baja su mirada hacia la estribera de la motocicleta… —¡Tierra, trágame!— De repente le viene un subidón rojo que le hierve la cara. El tipo acomoda sus gafas, lanza una mirada socarrona a Aquilino , cierra la ventanilla y una vez el semáforo cambia a verde, reinicia la marcha. Aquilino levanta su mano izquierda devolviendo la llamada de atención y, seguidamente, con la derecha recoge una prenda que cuelga del estribo de la moto ¡Cabrón de perro…! —habla para sí—. Los gayumbos tanga, regalo-gracia de su esposa en un cumpleaños, habían recorrido casi catorce km ondeando al viento colgados del estribo por caminos vecinales, autovía y calles principales de Valencia ¡A la mierda! —dijo mientras los arrojaba a un espacio sin utilidad del puente—. Siguió su camino y no paró de darle vueltas a cómo su mascota, Odín, se las había ingeniado para dejar colgado en ese preciso punto los calzoncillos.
Hasta al menos dos meses después, el pendón de Aquiles —así llamaba Aquilino a la prenda íntima cada vez que la veía— se mostró a la vista durante los continuos viajes laborales a la ciudad. La visita del Papa Benedicto XVI borró el rastro. Curiosamente, ahora el lugar lo ocupa una especie de escultura —¿escatológica?— acerada en el punto más o menos exacto en el que estaba el insigne slip.