EL PIJAMA DE OSOS
Rebeca Losana Castaño | Keka

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«- ¿Que si estaba nerviosa? media hora antes de salir de casa me puse el pijama y estuve un buen rato pensando una excusa para no quedar ese día – Aitana se ruborizó al recordarlo.

– ¿¿Hablas en serio?? – exclamó Bruno sorprendido. Nunca me lo contaste.

– El horrible pijama que tenía de osos con lazo rojo, para ser más exacta.

Los dos rieron genuinamente por un buen rato.

– Pues parecías muy tranquila cuando nos conocimos.

– Bueno, supongo que cuando te vi y nos saludamos, sentí… no sé… una conexión instantánea entre nosotros, y los nervios desaparecieron sin apenas darme cuenta.

– Estabas preciosa esa noche, con ese vestido azul corto, el pelo largo cayendo sobre la espalda. Y cuando sonreíste sabía que no sería una cita como otra cualquiera, sino la primera de muchas más.

– Fue una noche increíble… volví a casa flotando, como en una nube. Mirando el móvil cada minuto para ver si me escribías.

– Y lo hice -sonrió él.



– Después de todos estos años, querernos tanto… ¿cómo hemos podido llegar a este momento? – preguntó Aitana con un tinte de tristeza.

Bruno negó con la cabeza pensativo.

Se hizo un silencio en el que los dos se miraron con ternura.

– Apuesto que si pudieras volver atrás en el tiempo te hubieras quedado en tu pijama de osos ese día.

– ¡Por supuesto que no! – exclamó Aitana sin dudarlo un instante. En todos mis viajes mentales al pasado pensando qué hubiera hecho diferente en mi vida, en ninguno está esa opción. No puedes borrar tantos años maravillosos porque no hayamos acabado como teníamos pensado.

– ¿Te refieres a dos ancianos adorables de 80 años yendo los domingos al cine agarrados de la mano a ver películas de superhéroes?

– ¡Exacto! – los dos rieron a carcajadas recordando el momento en el que tantos años atrás se habían hecho esa promesa. Instantes después, los dos apartaron la mirada el uno del otro y la posaron sobre el montón de folios que esperaban sobre la mesa. Había llegado el momento de lo inevitable.

– ¿Firmamos? -Bruno le ofreció el bolígrafo

– Claro – soltó un suspiro, lo cogió y plasmó su rúbrica con la mano temblorosa. Él hizo lo mismo.



Se levantaron y sin pensarlo dos veces se dieron un fuerte abrazo.





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