1529. EL PLACARD MARRÓN
Ibán Morote Bernal | Ibán Morote Bernal

Rodrigo llevaba tiempo desolado. Hacía meses que había cortado con Marina, su pareja durante 8 años, después de que ella tuviera un desliz, tras dos semanas de convivencia en las que él había comprado los muebles de la casa que ella se quedó, mientras Rodrigo volvía con sus padres.

Era un chico normal. Del montón. Relativamente guapo. No muy musculado, pero delgado. Conservaba la melena que sus amigos empezaban a perder. Aún así, la ruptura le había hecho perder, completamente, el interés por intimar con otras mujeres.

Pero, esa noche, todo cambió. Nada más entrar por la puerta del bar, Rodrigo no pudo quitarle el ojo. Volvía a sentirse atraído por alguien. Y estaba de suerte, porque fue ella quien se le acercó.

-Llevas 15 minutos mirándome, ¿cuándo pensabas acercarte a hablarme? ¡Soy Eva!-

Rodrigo era, sin duda, de los que se les da mejor que le liguen, utilizando como única estrategia el simple hecho de ser majos. Pero, finalmente, se atrevió a besarla mientras contenía sus rodillas temblorosas. Rodrigo la invitó a casa, aprovechando que sus padres no estaban. Hubo sexo, sí. O un intento de, mermados por los efectos del alcohol y los nervios. Nada más terminar, él la rodeó cariñosamente con un abrazo, le besó su brillante pelo negro y, acto seguido, cayeron rendidos en un sueño profundo.

Cuando Rodrigo despertó, Eva había desaparecido. Levantó su pantalón del suelo para coger el móvil y escribirle un whatsapp, cuando se encontró con otro de ella.

-Hola, Rodrigo. Estoy avergonzada por lo de anoche. Es mejor que no volvamos a hablar. Lo siento.-

Rodrigo trató de contestar, pero ella le había bloqueado. Después de haberse ilusionado por momentos, volvió a sumirse en la desgracia que le había acompañado los últimos meses. Cuando fue a vestirse, un fuerte olor llamó su atención nada más abrir el armario. Levantó una toalla extendida en la parte inferior y descubrió el pastel. Sí, Eva había defecado dentro de su armario.

Es difícil comprender cómo alguien puede cagarse en un armario, pero ese pensamiento desapareció cuando recibió otro whatsapp inesperado.

-Hola, Rodri. Te echo muchísimo de menos… ¿Quieres quedar para hablar?-

Era Marina. Rodrigo dudó por un segundo, porque seguía dolido. Pero esta situación extraña le hizo pensar que quizás ella sí mereciera otra oportunidad. Así que partió hacia casa de Marina para recibir disculpas por su desliz, en las que pronunció una frase que tocó la fibra de Rodrigo.

-Desde que te fuiste siempre duermo con tu camiseta de entrenamiento…-

Instantaneamente, se fundieron en un apasionado beso. Se fueron a la cama. Sí, la cama que Rodrigo había pagado. Y practicaron un sexo salvaje, típico de una reconciliación. Todo volvía a ser perfecto. Cuando Marina despertó, se giró para abrazar a Rodrigo, pero él ya no estaba en la cama. Se había marchado con la camiseta de entrenamiento. Y una entreabierta del armario llamó su atención. La abrió con cuidado y un grito salió de su boca.

-¡Hijo de puta!-