1572. EL PLACER DE NAVEGAR
Igor Padilla Negrín | Igor Negrín

Me gusta navegar. Me gusta porque Dios sólo me ha otorgado un talento y ese es el de no marearme. Gracias a mi talento divino sé que en días como el de hoy me lo voy a pasar bien. Me encuentro dentro de un barco de pasajeros y aunque no hemos salido ya están repartiendo bolsas para el mareo. Pinta bien. Tras un buen rato acabamos por zarpar y tras el muelle el barco ha escorado a la izquierda hasta tocar el agua con la ventana. No voy a mentir, hubo gritos. Juraría que un pez ha saludado. El mar está intratable y tras cinco minutos el barco se encuentra en modo gravedad cero.
No estamos en control de la situación. Suena la megafonía y dicen a la gente que se siente para garantizar la seguridad. Un señor se niega. Dice que la mascarilla ha sido su última concesión a este gobierno de comunistas. Sin embargo, con tanto movimiento era cuestión de tiempo que un pasajero vomitase. Me ha dado ternura porque ha levantado la manita como pidiendo permiso. Por eso y porque su mujer le está grabando mientras se ríe. Estoy a punto de decir algo, sin embargo, se me olvida rápido porque el señor de antes se cae. No quiero mentir, la caída se ha celebrado como si Messi hubiera vuelto al Barça y mientras tanto el vómito se contagia más rápido que la Covid-19.
Y de repente, el miedo. El barco acaba de atropellar una ballena, pienso. Si no, no me explico el salto que acabamos de dar. Los trabajadores están empezando a desistir de hacer su trabajo. Y llega otro salto. No miento si digo que acabamos de experimentar la ingravidez durante un par se segundos. Un cinturón no nos vendría mal, estoy seguro de que a los aviones no le hacen tanta falta. A estas alturas hay más gente vomitando que en un sábado de Carnaval. Pasan los pocos trabajadores que quedan a recoger las bolsas con vómitos y pienso que no hay dinero suficiente en el mundo para que yo me dedique a eso. Es más fácil prenderle fuego al barco y asumir el coste medioambiental. Una trabajadora vomita. Hemos visto en su mirada el mismo miedo de las azafatas de vuelo cuando pasan por turbulencias y cunde el pánico. Una niña corre despavorida sin saber qué hacer y acaba por caer en el vómito de otra persona. ¿Se puede abortar a una niña de 6 años? Yo me lo plantearía. La niña está llorando y yo sólo quiero que pase el tiempo para saber qué hace con este trauma que va a arrastrar toda la vida.
Sin embargo, al final del doloroso túnel vemos la luz. Terminamos llegando a puerto. Hay aplausos y vítores. También hay gente besándose. Deben estar realmente contentos teniendo en cuenta que estaban todos vomitando hace cinco minutos. Para mí esto sólo es otro día más en la oficina. Mañana me tocará coger otro barco y vivir otra aventura.