1323. EL PODER INÚTIL
Miguel De la Paz Rego | Lewis Payne

La mañana de un día gris de febrero, Daniel Rodríguez se despertó como siempre, a las nueve de la mañana. Se dirigió a la ducha, lugar donde comenzaban sus fantasías y deseos matutinos. Allí estaba, bajo los chorros continuos de agua, cuando se imaginó en Italia, en un restaurante veneciano comiendo la verdadera pizza italiana. Siempre cerraba los ojos y dejaba que el agua le cayera en la cara, hasta que terminaba su fantasía, momento en el que los abría y era devuelto a su triste realidad. Sin embargo, esa mañana terminó de otra manera. Al abrir los ojos se encontró sentado a una mesa, completamente desnudo y con un frío que provocaría neumonía al más duro de los humanos.
Los viandantes se sorprendieron al verlo, y el camarero que paseaba por la terraza del lugar tuvo que avisar a su jefe, pues un hombre desnudo y mojado se había sentado en una de sus mesas y no sabía como actuar. El dueño le ordenó abandonar el establecimiento sin demora, y las personas se habían aglomerado a su alrededor a la espera de ver como discurrían los acontecimientos. Daniel, rojo como un tomate, por la vergüenza y el frío, deseó volver a su apartamento, bajo el cálido manto de su cómoda tranquilidad. Como había ocurrido en la ducha, Daniel abrió los ojos deseoso de abandonar aquella extraña escena y de nuevo se encontraba en su piso, sentado al sofá, con un leve toque de hipotermia.
Los acontecimientos que siguieron a este suceso fueron extraordinarios. Mi viejo amigo se hizo famoso; apareció en entrevistas, programas de televisión e incluso se hizo una película, contratando eso sí a un actor esbelto y atlético para representarlo. Daniel no era muy agraciado que digamos, de hecho antes de que se le revelara su gran poder ya pesaba unos cien quilos, que sorprendía mucho pues el viejo Daniel no alcanzaba el metro setenta de estatura. Tenía la nariz aguileña los ojos pequeños y separados, y aunque le quedaba pelo, no le duraría mucho más. Además al no desplazarse de un lugar a otro, el único ejercicio físico que lo mantenía con vida se eliminó, y nuestro pobre Daniel se ensanchó hasta que la única forma de moverse de la cama era a través de su impresionante poder.
También se negó a trabajar, y controlado por su cuerpo se pasaba el día en la cama, o yendo de un lugar a otro sin moverse del sitio donde aparecía. Recuerdo una vez que me contó como había viajado hasta la estación espacial internacional, sin aviso y asustando a todos los astronautas presentes. También me contó, a carcajada limpia, como ni siquiera en aquella gravedad tan reducida, su cuerpo se movía con facilidad.
Al final Daniel, cansado de la gente y de sus constantes críticas se mudó a una pequeña isla desierta, donde tuvo que hacer frente a su peor enemigo, es decir él mismo.