710. EL PRECIO DEL CAFÉ
Gustavo Jiménez Limones | GusLemon

‘- ¿Sabes lo que más me gusta de vivir en un pueblo como este? Que todos nos conocemos y si se te olvida la cartera, como me ha ocurrido a mí hoy, pues no pasa nada. Te pago el café mañana y ya está.
Toribio, el mesero, miró fijamente a Tomás.
– ¿Me estás diciendo que no vas a pagar el café?
– No, hombre. Digo que te lo pagaré mañana.
– Mañana me pagarás el de mañana. Hoy me pagas el de hoy.
Tomás volvió a explicarse.
– Es que se me ha olvidado la cartera. Pero sabes que vengo cada día. Te lo pago mañana.
– Mañana el de mañana. Hoy el de hoy- insistió Toribio.
– Está bien. Marcial, -dijo Tomás dirigiéndose al anciano que estaba sentado a su lado- déjame un euro. Mañana te lo devuelvo.
– De acuerdo, pero necesitaré un aval.
– ¿Cómo que un aval?
– Dame tu reloj.
– ¡No te voy a dar mi reloj!
– Pues sin aval no hay euro.
Tomás se volvió a dirigir a Toribio.
– Vale, como veo que somos un poco desconfiadillos, voy a mi casa a por la cartera y vuelvo.
– De aquí no sale nadie sin pagar ¡Niño! – gritó Toribio a un chaval que había en la puerta – ¡Llama al banquero!
– ¡Banquero! – gritó el niño alzando la voz al viento.
El banquero entró al bar.
– Tomás, te puedo prestar un euro si firmas aquí y aquí. Los tipos de interés son los estipulados aquí y aquí. Me lo podrás devolver en cuotas de cincuenta céntimos diarios durante 90 días.
– ¿Esto es una broma?
– No. Lo pone aquí y aquí.
– ¡No pienso firmar un préstamo por un café! Toribio ¡que te lo pago mañana!- volvió a insistir Tomás desesperado.
– Mañana el de mañana ¡Niño! ¡Llama al alcalde!
– ¡Alcalde! – gritó el niño desde la puerta.
El alcalde entró en el local.
– El ayuntamiento tiene previstas una serie de subvenciones para estos casos. Tomás, tendrás que rellenar estos formularios y…
– ¡No voy a pedir una subvención!
– Lo estás poniendo difícil – dijo con voz amenazante Toribio – ¡Niño!¡Llama al guardia!
– ¡Guardia! – gritó el niño.
– ¿Así que pretendes irte sin pagar? – rugió el agente nada más entrar.
– ¡Que lo pago mañana!
– Mañana el de mañana – repitió Toribio.
– Tendré que detenerte – anunció el policía.
– ¿Y de qué se me acusa?
– ¡Niño! ¡Llama al juez de paz!
– ¡Juez de paz! – gritó el niño.
– Así que tenemos un moroso- bramó el juez al llegar- Te condeno a abandonar el pueblo. Te damos cinco minutos de ventaja.
– ¿De ventaja? ¿Para qué?
– Para perseguirte con antorchas ¡Niño! ¡Las antorchas!
– ¡Las antorchas! – gritó el niño.
– Yo de ti empezaría a correr – le aconsejó Marcial.
Tomás salió del bar y empezó a correr. Cuando se adentró en el bosque divisó a lo lejos la luz de las antorchas que portaban los habitantes del pueblo. Pudo escapar y comenzó una nueva vida en la gran ciudad. Eso sí, nunca más volvió a tomar café.