274. EL PREDICADOR
María Cruz Quintana Tello | Marimorena

Por mucho que Gregorio, alias el Predicador, jurara y perjurara que podía predecir el fin de los tiempos, nadie le tomaba en serio. Todos le teníamos por un charlatán de cuidado. Por lo demás, se ganaba la vida honradamente, despachando vino en su modesta licorería.
Los domingos a mediodía, el Predicador abría su establecimiento a unos pocos escogidos y se ponía a perorar acerca del fin del mundo con el mismo fervor con el que glorificaba la calidad de sus vinos. Y nosotros fingíamos escuchar con tal de no estar solos, y a cambio de beber de balde, mientras pensábamos en nuestros asuntos, hasta que un día se subió al mostrador y se dejó de vaguedades:
-¡El mundo se acabará esta noche! -bramó, provocando un intercambio de miradas inquietas.
Para sobrevivir, dijo, debíamos desplazarnos a un monte cercano, desde cuya cumbre seríamos arrebatados por unos conocidos suyos, alienígenas.
-Quienes quieran venir, que levanten la mano -insistió.
Nadie lo hizo, claro, salvo Rosa, cuyo áureo corazoncito se compadeció enseguida de nuestro anfitrión. Y a mí, que andaba enamoriscado de ella, no se me ocurrió sino sumarme al proyecto con la esperanza de que al cabo del mismo me correspondiese.
Así, horas después estábamos en el campo, camino de un incierto destino, con el Predicador a la cabeza, echando trago tras trago debido a su nerviosismo, lo que aproveché para conversar a solas con Rosa. La cosa resultó tan bien que para cuando divisamos el cerro en cuestión podíamos considerarnos amigos. “De esto al amor”, pensé, “solo hay un paso”.
Entretanto, a causa de lo que contenía su cantimplora, el Predicador hacía unas eses cada vez más amplias, hasta que a mitad del ascenso comenzó a pendular rítmicamente, tras lo cual se desplomó contra el suelo, presa de un etílico sueño del que fue imposible arrancarlo.
-Habrá que dejarlo aquí -dijo Rosa, apesadumbrada, y seguimos caminando.
Al alcanzar la cima, nos sentamos muy cerca el uno del otro. Las estrellas centelleaban en el cielo nocturno. Algunas lo atravesaban a ratos, fugaces, efímeras, antes de desaparecer.
-¿Crees que ocurrirá algo? -pregunté.
-Quién sabe, ¿y tú?
-Psch…
Consulté mi reloj de pulsera. Pasaba de medianoche, e iba a sugerir hacer nuevos planes, cuando se oyó un runrún que nos hizo levantar la cabeza. “¡Mira!”, exclamó Rosa, al tiempo que su mano aferraba amorosamente la mía, y de un brinco nos pusimos en pie. Luego cayó sobre nosotros un haz luminoso, que nos transportó hasta esta nave espacial, llegada de una galaxia lejana, por la que, felices, no hemos dejado de viajar.
En cuanto al mundo, sospecho que no se acabó, pero al Predicador le cabe el orgullo de haber acertado en parte de lo que dijo. Aunque a veces me pregunto: ¿se despertaría a tiempo de ver cómo flotábamos por el aire? ¿Encontraría el camino de vuelta a la licorería? ¿Seguirá dale que dale con un nuevo apocalipsis? Confío en que sí. Y es que no era tan charlatán, después de todo.