El primer amor
yolanda Díaz Parra | Coco

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Para cuando llegó, ya estaba dormida y todo su mundo se vino abajo, colocó en una piedra un pequeño regalo primorosamente envuelto en tela de araña y palpó soterradamente el anillo que guardaba en un pliegue del abdomen.

Pocas posibilidades tenía siendo él carnívoro y ella herbívora, él rojo y ella verde, él duro y ella blandita… y un poco miope. Seguro que creía que él era un tío musculoso por su cubierta queratinosa, como si fuese mecánico … ¡robomariquita!

Levantó la vista en un suspiro, su amada, ahora ninfa, era una estrella diurna en un cielo color verde hoja. Abrió el caparazón, sacó las alas y se situó junto a ella decidido a esperarla.

Permaneció junto al capullo, hasta que surgió una cabeza de enormes ojos saltones que enmarcaban una lengua gigante enrollaba en espiral situada delante de una quedad a la que rara vez llamarían boca y sobre el tórax, un paracaídas marrón viscoso.

La mariquita se estremeció, no sabemos si de ilusión o de miedo, mientras entre sus manos sujetaba, a modo de cartel o de escudo, una hoja con un corazón.

La mariposa le observó impertérrita durante el tiempo que tardaron en secar sus alas. Después giró la cabeza y aleteó erráticamente, en pos del cielo azul.

La mariquita tiró la hoja, se limpió las patitas para borrar la sensación de que alguna vez tubo un corazón entre ellas y caminando hasta el final de la rama pensó ¿dónde iba yo con una pareja tan efímera?