EL PRIMER CONTACTO CON UN FELINO
HELOISA DELLANDREA | HELENADE

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De niña, siempre me han acompañado amigos de cuatro patas. No es que recuerde estos momentos exactamente, pero están registrados en fotografías reveladas, cuando no se podían almacenarlas virtualmente. Un perro, su pareja, sus perritos, un perro callejero y hasta un dálmata en algún momento. La alegría era inmensa, una niña se divierte mucho con su compañero animal, hasta que crece lo suficiente como para darse cuenta de que para sus padres, los zapatos comidos, los muñecos destrozados y las fugas nocturnas ya pesan demasiado. Recuerdo bien el paréntesis en mi infancia compuesto sólo de amigos humanos, aunque todos los días admiraba a los animales a través de las puertas vecinas. Así fue hasta un lunes por la mañana, cuando me levanté temprano para ir a la escuela. Mientras preparaba café, escuché un ruido extraño proveniente de la vieja casa de muñecas en el patio trasero. Sonaba como el llanto de un bebé, pero recordaba más al de un animal, un sonido un poco raro. Cuando vi, una pequeña pelotita de pelo fino salió de debajo de una silla, maullando y pidiendo comida. Era un poco feo, con pelaje gris y marrón por la tierra. Había algo encantador en su maullido que me hizo querer ayudarlo. Cogí torpemente al animal para llevarlo a la habitación y mostrárselo a mi madre que rezaba sus oraciones matutinas. De pronto se enojó por la situación, algo relacionado con pulgas y suciedad. Devolví el gato a donde lo encontré, como solemos hacer con las cosas que no son nuestras. Le dejé un potito con leche y trozos de pan a la pobre criatura, esperando que se fuera, pero rezando internamente para que ese animal todavía estuviera allí cuando yo regresara. Salí a la escuela como un día normal, la mañana la pasé en un modo automático debido a la ansiedad de si habría algo esperándome en casa. Mi madre odiaba a los gatos y mi padre no era precisamente del tipo felino, ya que sólo hemos tenido perros y perros grandes. Mi padre empezaba su trabajo temprano, pero me recogía todos los días después de clase. Volé a casa mientras le contaba lo que había sucedido por la mañana. El juraba que el animal no estaría allí, porque los gatos generalmente son gorrones y no se apegan a los humanos. Cuando llegué, corrí esperanzada hacia la casa de muñecas, pero lamentablemente no encontré lo que buscaba. La buena noticia es que el gatito se había comido todo lo que le dejé. Mientras hablaba con mi padre afuera todavía un poco triste – una sorpresa – la pelotita de pelo salió de la casa de muñecas, bostezando y estirándose, como si ya estuviera en casa. Después de unos 2 minutos de suplicas, mi padre, un poco resistente, me dejó quedarme con este raro felino. Lo descubriríamos más tarde que el gato era una gatita, que mi papá y ella se convertirían en grandes amigos y que nos acompañaría fielmente durante los 16 años siguientes.