EL PRIMER DESAYUNO
NURIA HERNÁNDEZ GONZÁLEZ | TRECE

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Al abrir la puerta le tiemblan las piernas. Siempre le pasa. Me gustaría pensar que en algún momento dejará de ocurrir. Algún día quizá, cuando conozca mejor la dimensiones del pasillo, las curvas, los sonidos, las variaciones de la luz y la textura de todos los objetos. Cuando sienta esta casa como un hogar, como un espacio propio en el que cada cosa está en el sitio que le corresponde. Me gustaría pensarlo pero en el fondo sé, y ella quizá lo intuye, que ese lugar no existe para Amalia.

Todos los días es la primera vez que se despierta, que atraviesa esa puerta, que se sienta en la silla de la cocina y yo, consciente solo a medias de esta nueva rutina, le acerco las tostadas y una infusión. Cada mañana, aunque ella ya no pueda recordarlo, le doy un beso en la frente y le pongo un cuaderno junto a la taza roja y humeante. Amalia coge el lápiz y traza garabatos sobre el papel. Cesa el temblor, el miedo y la incertidumbre. Solo yo sé por que de esa tarea nace un placer tan suave y acolchado.

– ¿vas a escribir Amalia? ¿Un cuento o un poema?

Ella asiente y sonríe sin apartar los ojos de su mano danzante y arrugada. De cuando en cuando surge una palabra entre los nudos circulares, no sabe lo que significa, no sabe que es lenguaje lo que sus dedos han bailado.

No sabe y no le importa porque el texto disuelve las esquinas de ese afilado malestar que la acompaña todas las mañanas desde que no recuerda quien es ni dónde está.