741. EL PRIMER DÍA DE BEA
Marta Toledo Martín | Marta Toledo

Hoy va a ser un gran día. Toda la noche con el sueño entrecortado y la idea recurrente en mi cabeza del comienzo en un trabajo nuevo. No voy a negar que me pone algo nerviosa. Puede que parte de la culpa la tengan mis experiencias vividas en el pasado.
Tal vez aquel primer día en el obrador en el que, al entrar el espectacular repartidor de harina, me puse tan nerviosa que subí el horno a máxima potencia y quemé toda la hornada. Lo que dio pie a que, desde ese primer día, me llamaran “Bea humea”, “Bea flambea”, “Bea babea”, …
Tampoco ayuda el primer día de camarera, al que acudí después de una clase de iniciación al king boxing con la idea de ir más relajada, pero que resultó tener las duchas de las instalaciones cerradas. Fruto de aquella falta de higiene llegaron los motes “Bea tufea”, “Bea boxea”, “Bea marea”, …
Pero esta vez será diferente. Sí. Porque esta vez he hecho un máster en modernismo evitando así el “Bea chochea”. Llevo días huyendo de aires acondicionados para no dar pie al “Bea moquea” o “Bea gotea”. Esta vez estoy preparada para todo lo que pueda venir, “Bea cojea/gatea/ganguea/chatea/zorrea/jadea/putea/chorrea/ …” y cualquier otra genialidad que se les pase por la cabeza.
Hoy me levanto con ganas y dispuesta a todo. Café doble para este cuerpo serrano que se va a comer el mundo. Con esta energía y actitud llego a mi nuevo trabajo. Dependienta de la joyería más lujosa de Madrid. Traje impoluto. Pero perfecto. Maquillaje de diosa.
“Buenos días, soy Bea, la nueva dependienta”.
A mi impecable presentación le acompañan unos tremendos retortijones fruto probablemente del café doble y los nervios. No, por favor, ahora no. Pero mi cuerpo no parece tener intención de frenar el volcán que está a punto de entrar en erupción. Mi instinto de supervivencia laboral me invita a apretar mis nalgas tanto, que casi llego a succionar mi ropa interior. Me dispongo a atender a mi elegantísima primera clienta mientras noto como el color de mi cara se torna amarillento, imperceptible a sus ojos por la capa de maquillaje que resiste a duras penas el paso de las gotas de sudor frío que brotan desde mi frente. Resisto. Soy fuerte. El poder de la mente está conmigo, pero el poder de la naturaleza también, y me acabo viendo obligada a abandonarla y a preguntar a mi encargada:
“¿El baño por favor?”
Conseguir llegar sin dejar un rastro por el que saber volver, no fue fácil. Volver y descubrir a la encargada y las compañeras que acababan de llegar abriendo puertas y ventanas, tampoco.
Y en ese preciso instante sucedió lo inevitable. El más humillante a la par que merecido de todos los motes estaba a punto de nacer.
“Chicas, esta es la nueva: Bea”
A lo que una voz susurrante añadió: “es Bea… diarrea”.