76. EL PRIMER DÍA
Pedro Ran Pérez | Olah

¡Hace seis meses que no fumo! ¡Bien! Engordé, por lo que decidí empezar a correr. Busqué en el armario; encontré un chándal y zapatillas viejas y salí. Decidí ir donde hubiera menos gente que me mirara y se descojonara, ya que mis pintas tenían telita, e imaginé que cuando pusiera este cuerpo escombro a correr, no mejorarían.
Empecé con un ligero trote, se podría decir que iba andando rápido. Al momento me adelantaron dos chavales que parecía que fueran huyendo; miré detrás, por si venía algún perro, pero no, corrían así por gusto. Yo no podía porque era el primer día, pero en un tiempo también correría igual.
Seguí corriendo en línea recta. Al poco me volvieron a adelantar “los chicos perseguidos por el perro”, <>, pensaba. Lógicamente, serían otros chicos. Imaginaba que lo estarían pasando genial a mi costa. <>
Continué con ritmo cansino, siendo adelantado por otros corredores. Me llevé una enorme alegría cuando fui yo quien adelantó a una pareja, al superarlos vi que eran octogenarios que iban paseando, pero oye… para ser el primer día…
Avancé un poco más. Llevaba más tiempo del que esperaba aguantar. Imaginaba que mi rostro estaría rojo, mas mis pulmones parecían aguantar mejor de lo esperado. Llevaría recorridos lo menos… trescientos metros y me sentía bien, creía que había merecido la pena exponerme al escarnio de la gente y a que me diera algo; incluso toqué la reciente barriga que me había salido, esperando que hubiese menguado. Cuando comprobé que seguía igual, pensé: <>.
Luego lo analicé con más sentido común, cosa nada difícil, y entendí que lo importante no era que hubiese perdido peso; ni tampoco que hubiera aguantado tanto; ni siquiera que no me hubiese dado un jamacuco; lo que de verdad importaba era salir a correr; y, si era capaz de prolongar esta costumbre, desconozco si acabaría con el exceso de grasa acumulada desde que dejé de fumar, pero seguro mejoraría mi salud.
Tras esa reflexión, sufrí una transfusión de energía. Los siguientes minutos parecía como, si en vez de ser el primer día que corría, fuera ya por lo menos… el segundo. Me sentía mejor; llegué a pensar que tenía cuerda para rato y que podría estar corriendo todo el día. Ese pensamiento duró cien metros; tras ellos volví a la realidad, se acabó la energía extra que había recibido, y entendí que era cuestión de tomárselo poco a poco.
Entonces noté que mi cuerpo entero empezaba a sufrir las consecuencias, decidí dejarlo y seguir caminando hasta el Lamucca más cercano. Mientras recuperaba el resuello con una cervecita, volví a ver a más muchachos que corrían. Tuve claro que, por mucho que siguiera insistiendo, jamás sería capaz de correr así; pero, al llegar a casa y meterme en la ducha, pensé: <>.