EL PRIMER ENCUENTRO
Raquel Sánchez López | Cangrejomoro

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Un cruce de miradas, eso basta para que dos almas conecten por primera vez de forma especial.

Él no la conoce, pero encuentra en sus ojos la cercanía de otro espíritu afín al suyo. Un par de pupilas amables, hermosas, que le muestran el reflejo de sus vivencias, de su sabiduría. Unos párpados que se entreabren en la quietud de un suspiro. Por esa mirada, apostaría todo su patrimonio, todo lo que le pertenece, por pasar el resto de su vida con ella.

Ella tampoco reconoce a ese hombre, pero su rostro la invita al abandono de costumbres ancestrales, la hace sentirse segura, la guía hacia parajes de ensueño donde juegan a ser la última pareja de una especie ya extinta. Sus facciones muestran el honor de un guerrero de asfalto, de un cazador de gigantes de papel impreso, de un pescador de tiempos perdidos.

Él la invita a sentarse a su lado. Ella accede sin reservas. Tras su presentación, los dos fluyen en aguas cristalinas empapando su charla con anécdotas similares y gustos semejantes. Parecen hechos el uno para el otro. Unas vidas parejas, unas vidas unidas por comunes vicisitudes y similares altibajos que hacen que su conversación confluya en lagos mansos y apetecibles, en caudales de ríos repletos de sinsabores y aventuras, en montañas de tesoros añorados y recuerdos milenarios.

Y sin necesidad de escuchar música, él la invita a bailar en el salón, y absortos los dos en su quehacer, no escatiman en darse por entero, ajenos a las miradas cómplices de las personas que admiran el espectáculo. Su danza lenta y elegante marca el compás de su unión, sus mejillas se entrecruzan rozando el abismo de una sensualidad madura, y sus pasos acompasados siguen el ritmo del latir de sus corazones, del taconeo de sus zapatos.

Y el carmín de la boca de ella roza la textura de los labios de él, sellando un profundo bienestar que les evoca hasta los confines de lo eterno.

Desde ese momento, juran no separar sus caminos, no dejar que las salas vacías inunden sus almas, no posponer más su felicidad, para así dejarse enredar entre las marañas de sus personalidades conjuntas, dejarse arrastrar por las mareas de sus caricias, dejarse querer sin tener en cuenta su edad, sin tener en cuenta el poco tiempo que les queda.

De repente suena el silbato, es la hora de la medicación. La pareja se acerca al mostrador para coger cada uno un frasco de pastillas. Casualmente deben tomar la misma. Los celadores los observan con admiración.

Esas dos recientes almas gemelas llevan en realidad cuarenta años casados, y el destino caprichoso les ha concedido el don de enfermar de alzhéimer al mismo tiempo. Aquella pareja de ancianos vive su amor como si fuera la primera vez. Repiten una y otra vez el conocerse y atraerse mutuamente. Cada día aquel par de tortolitos, la envidia de todo el geriátrico, vive su primer encuentro eternamente, hasta que la muerte los separe.