EL PRIMER TROPIEZO POR AZAR
MARÍA JESÚS MONTALVO GUTIÉRREZ | Pasos por letras

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Cuando acordamos vernos aquella mañana en el sendero que discurría por la parte posterior del edificio en el que vivíamos, cada uno en su piso —no piensen mal— yo no sabía que además de mi exvecino pasaría a ser una víctima.

Si luego hubo más, no es un dato que tenga intención de desvelar, por lo menos por ahora. Todo ha de llegar a su debido tiempo.

Una vez nos encontramos en el lugar citado, comenzamos un ligero trote; hasta conseguir dar con un ritmo en el que ambos nos hallábamos cómodos.

El objetivo marcado era quemar las suficientes calorías como para finalizar el recorrido con un contundente desayuno sin que, posteriormente, nos invadiese un absurdo sentido de culpabilidad.

Que la hora del encuentro resultase idónea, no lo supe hasta después, pero este es un dato que sí les puedo adelantar.

Apenas comenzaba a amanecer. El camino se veía perfectamente, aunque todavía quedaba bastante bruma del rocío caído durante la noche. Dadas las condiciones climáticas y la hora temprana de un festivo de otoño, no me tropecé con nadie desde que salí de casa, por lo cual imagino que él tampoco. Ni nos cruzamos con alma alguna durante el trayecto.

Ambos estábamos en perfecta forma física. De hecho, y a pesar de que llevábamos viviendo más de cinco años en la misma urbanización, nos fuimos a conocer en un gimnasio que habían abierto recientemente a dos manzanas de nuestro bloque, en el que coincidimos a los tres días de habernos buzoneado la propaganda sobre las nuevas instalaciones.

Cuando la chica de recepción cogió los dos cuestionarios, que terminamos de cumplimentar al mismo tiempo, desde extremos opuestos del mostrador, nos miró y dijo:

—¿Venís juntos?

—No —respondimos a la par.

—Pues da la casualidad que vivís en la misma urbanización, si cambiáis la respuesta os puedo aplicar la oferta —explicó señalando el cartel colgado a su espalda, donde anunciaban un 2×1 para nuevos socios.

A partir de una única mirada, que confluyó en un sí, y después de llevar un tiempo hablando, comprobamos que teníamos, prácticamente, la misma rutina deportiva, por lo que decidimos coordinar nuestras zancadas saliendo a correr al unísono.

Que cayese por aquel terraplén.

Que yo sintiese una irrefrenable sensación de excitación y poder al verlo: desvalido, inmovilizado y sangrando.

Que respondiese a su llamada de socorro con un «Claro que te voy a ayudar… pero a que no sufras más», al tiempo que surgía de mí una carcajada histriónica, cuando advertí las convulsiones de su cuerpo, después de dejar caer sobre su cabeza la enorme piedra que recogí a dos pasos de allí.

Todo ello, como pueden comprender, fue producto del azar.

Que lleve, desde entones, cinco mudanzas a mis espaldas, cuatro suscripciones en instalaciones deportivas y cuatro exvecinos, viene a corroborar lo maravilloso de aquel primer encuentro —aseguró mientras retorcía, con habilidosos dedos y entre sus manos, la propaganda de apertura de un polideportivo.