EL PRIMERO
MARIA LUISA PEREZ DIAZ GUERRA | MLD

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Unos días antes fuimos a mirar a escondidas.

Llevábamos las carpetas en las manos y aparentábamos desinterés. Otra actitud hubiera sido inadecuada. Solo vimos nuestro reflejo en los ventanales cerrados, pero por una rendija entreabierta, ellos, los mayores, nos descubrieron a nosotros y escuchamos el revuelo que les generó saberse observados. Intuimos que iban vestidos de blanco.

Llegado nuestro día entramos. Lo primero que vimos fue una antesala destartalada en la que había vitrinas metálicas, vacías o llenas de cachivaches descolocados. Banquetas desconchadas con asientos regulados a rosca y mesas huecas que lo parecían pero no eran mesas.

Era como si en aquel mundo nuevo todo fuera muy viejo.

Dejamos las carpetas, los bolsos y los abrigos sobre el suelo blanco de azulejos octogonales. El montón parecía una pira.

Yo fingía seguridad y estoicismo mientras reía y decía bravuconadas. Creo que los demás hacían lo mismo.

Todos nos vestimos de blanco. Telas nuevas, almidonadas, con arrugas marcadas que delataban los pliegues. Un escudo pensé con la boca seca.

Miedo. A desplomarme. A no estar a la altura.

Nuestras manos se movían como si portasen ascuas. Inquietas. Sin saber donde posarse y se apagaron las risas.

Nos repartimos en grupos de ocho. Alguien entonó una pequeña arenga ritual y nos hicieron pasar a una sala grande. La de los ventanales donde les habíamos visto a ellos.

Cada grupo alrededor de una mesa.

El hombre desnudo que yacía tumbado en la nuestra se parecía a Anthony Queen.

Tenía las mismas cejas pobladas y la misma forma angulosa de la mandíbula. Se diferenciaban en el tono verdoso que le confería el formol y aquel olor ácido e invasivo que se te alojaba en algún lugar incómodo entre el paladar y la nariz.

Empezamos la disección por el brazo izquierdo.