674. EL PROFESOR DE FÍSICA Y QUÍMICA
JUAN MUÑOZ GONZÁLEZ | TADEO

Tenía un nombre romano, Horacio, pero todos le llamábamos “riquinos” porque así era como él llamaba siempre a sus alumnos. Era un apodo que pronunciábamos con una naturalidad nada ofensiva. Escuálido, menudo, poca cosa, movía los brazos cuando explicaba como quien conduce ovejas por un desfiladero. Su altar era el laboratorio. Estaba lleno de matraces, tubos de ensayo, probetas y frascos con la leyenda del líquido que contenían. Todo muy ordenado. En realidad, era más un museo que un laboratorio. Su voz era sedante e invitaba al sopor, a tener la cabeza muy alejada de los ácidos y las bases. “Riquinos”, de vez en cuando, hacía un experimento que casi siempre salía mal. Vertía unos polvos dentro de un tubo con un líquido. El líquido era rojo y los polvos amarillos. La operación la llevaba a cabo con la seriedad del cura que oficia una misa de difuntos y en la clase, durante la operación, había un silencio religioso. Mientras la mezcla se hacía, nosotros ya sospechábamos que, como otras veces, la cosa saldría mal y su carácter giraría hacia la ira mostrándose iracundo y desahogándose con los de la risa floja, aplaudiendo sus caras que sonaban como truenos y propinando patadas aplicadas con velocidad futbolística. Por aquellos años, la severidad investía al profesor de prestigio, pues era una prueba fehaciente de que se tomaba su trabajo en serio y los progenitores aceptaban el cachete como un recurso educativo más. “Algo harías”, era la frase más recurrida. Pero aquel día no hubo tortas porque el rojo del tubo se tornó milagrosamente en un verde vivo que el profesor, triunfante, elevó al aire como un cáliz para que todas nuestras miradas se depositaran en él.