21. EL PRÓXIMO TUNEL
PEDRO JESÚS CAÑADA HERNÁNDEZ | SALAZÓN

Reina la oscuridad.
-No veo nada.
-Ni yo tampoco.
Así comienza el tortuoso viaje de Alberto Salazón en un austero vagón ferroviario, tercera clase, sentado frente a una bella dependienta de ojazos azules, hija de la tormenta de la llanura y de un vendedor de arados que se peinaba hacia atrás como cantor de tangos.
-¿Señorita, me ha quitado usted la chaqueta? -pregunta Alberto Salazón con cara de arenque.
-En los túneles ya se sabe: el más fuerte se aprovecha de la oportunidad.
Alberto Salazón ha aceptado a regañadientes un puesto directivo en una multinacional de lencería femenina y se traslada a la capital para asistir a un cursillo acelerado de bragas y sostenes acrílicos.
-¿Señorita, me ha quitado usted los pantalones? -inquiere con el rostro avellanado.
-En los túneles ya se sabe: el más listo se aprovecha de la oscuridad.
El apocado Alberto Salazón recuerda sus inicios difíciles en la empresa, yendo de casa en casa con una maletita de cuerpo repujado y una tembladera de carcamal. Tocaba el timbre como pidiendo perdón, mostraba su picante mercancía y le invitaban a pasar de súbito al dormitorio principal. La señora le recibía con un amor desprendido, escogía las piezas más provocativas y se las probaba allí mismo ante su natural asombro.
-¿Me sientan bien estas braguitas negras de encaje casi traslúcidas? -demandaba la reina de los pucheros relucientes tras unos pasitos de baile.
-Su marido se la comerá a besos cuando la vea -respondía él con la expresión de una sardina prensada.
-Para maridos está una -espetaba la esposa amnésica, sin decoro ni respeto bíblico-. Salazón, a mis brazos.
En ocasiones, las anfitrionas eran gemelas en su doble vertiente física e inmoral, siendo agasajado como un jeque árabe en su modesto piso de alquiler. Eran dadivosas en grado sumo y se probaban hasta su bufanda a cuadros para despertarle la imaginación.
-Te toca a ti, hermana -decía una.
-Éste no sale vivo de aquí -aseguraba la otra, cerrando la puerta de la habitación con doble vuelta de llave.
El tren se detiene bruscamente tras atravesar el pétreo corazón de la montaña, penetrando de pronto una claridad de mil zafiros a través de las ventanillas.
-¿Señorita, me ha dejado usted desnudo? -aborda Alberto Salazón con la aspereza de una raspa de bacalao en la garganta.
-En los túneles ya se sabe: el más vicioso se aprovecha de la oscuridad.
-A este paso, si no sobreviene un cataclismo, se quedará usted embarazada. Está jugando con fuego.
-Eso será en el próximo túnel. Mientras tanto, dígame si procede de los Salazón de Noruega o de los Salazón de Suecia.
-Se equivoca, señorita. Yo soy autóctono: un auténtico Salazón de La Pampa argentina.