1191. EL RAYO AZUL Y LOS FRESONES ROJOS
Estela Martín de la Fuente Moreno | Agaporni

Nos encontramos en una calurosa tarde de Julio, son las 16.30h de la tarde y el sol quema sin piedad a cualquiera que ose salir de la protección de las escasa sombras del parque acuático, pero a mí me da igual, tengo 16 años, me importa un bledo todo eso de las insolaciones y/o cortes de digestión, lo único que en verdad me interesa es que he pagado 15 eurazos para subirme en los toboganes acuáticos y no puedo desperdiciar esa millonada con cuentos de viejas.
Es el momento, la gente todavía está comiendo y las colas que anteriormente atestaban las atracciones se han disipado, la pregunta es, ¿a cuál ir primero?… la respuesta está clara, si vas a hacer algo, mejor hacerlo bien, así que, sin duda hay que probar el tobogán más alto de todos.
Me armo de valor y empiezo a subir la gran cuesta que me separa del “rayo azul”, empiezo a sudar, las gotitas cubren ahora toda mi cara, pecho y barriga, pero eso no me detiene, más satisfactorio será cuando caiga después en el agua fresquita.
Después de unos minutos que parecen horas, consigo llegar a la cima de la atracción, ahí espera un adolescente, con cara de pocos amigos, no parece muy entusiasmado por verme, por trabajar, ni la verdad, por seguir respirando, así que, prefiero ignorarlo tal y como él hace conmigo, simplemente comprueba que llevo la pulsera y me indica que me siente al principio del tobogán, mientras sujeta una manguera con un chorro ínfimo de agua, con la que apunta hacia ninguna parte, ¿será para refrescarse?, no me da tiempo a pensarlo mucho, ya que sin previo aviso me empuja y empiezo a caer por el terraplén, pero… algo no va bien, noto el material del tobogán excesivamente caliente, en contacto con mi piel, hace que queme y raspe, ¿esto debería ser así?, ¿la atracción incluye también iniciación al sado?.
Y es entonces, mientras me precipito en la caída más angustiosa y dolorosa de mi corta vida, cuando oigo el crack que lo cambió todo, seguido del tirón de ingle más punzante de la historia, cierro los ojos concentrándome sólo en los escasos metros que me separan del agua, hasta que al fin ¡plasss!, me sumerjo en la piscina y calmo el ardor de mis nalgas, que, a esas alturas, están tan enrojecidas que fácilmente podrían ser confundidas con dos fresones.
Tardo aún unos segundos en reaccionar, reacia a aceptar lo que de antemano sé que me encontraré si miro hacía el tobogán, tomo aíre varias veces hasta encontrar la valentía para dirigir la mirada hacia esa, ya temida atracción y ahí, en medio, estiradas al sol, se encuentran la parte de abajo de mi bikini, ¡exactamente, mis bragas!
Mientras intento razonar lo que ha pasado, puedo ver como el adolescente amargado de la atracción, moja con su efímero chorro las bragas para hacerlas caer, ¡exacto!, ese bendito chorro de agua que debía evitar que me dejará la piel es esa pasarela de plástico caliente.