El refugio de un Bar
Jennifer Baños Gata | Iridiscencia

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Llueve, es tarde y hace frío. Había sido un día intenso y necesitaba entrar en calor.  Accedí de forma precipitada en el primer bar que pudiese darme cobijo y algo de calidez. Un bar siempre es casa, es refugio. Tras cruzar la puerta solo me preocupé de deshacerme del abrigo empapado y buscar un rincón donde sentarme. El lugar desprendía un fuerte olor a café, y el perfume entremezclado de todos los transeúntes que ese día decidieron habitar el bar. 

El camarero con un rostro cansado y una sonrisa forzada quiso complacer mis deseos.

– ¿Qué desea tomar?

Deseaba tomar tiempo, pero posiblemente de eso no servían. 

– Un café, por favor. ¿Tendría algo dulce?

 – A esta ahora solo las migas de los croissants de la mañana. Espere un momento-.

Dijo pensativo. 

Volvió a los 5 minutos con mi café acompañado de un trocito de bizcocho.

– Nos sobró del menú, es casero. Le gustará.

Cuanto valoré ese gesto.

Le di un sorbo al café y alcé la mirada. Aunque percibía que no estaba sola en el local, obvié cualquier presencia.

Un cruce de miradas, fueron las que definitivamente hicieron que entrara en calor.

Un hombre, considerablemente apuesto,  aguardaba en la barra. No sé si ya estaba a mi llegada o se incorporó más tarde. No parecía mojado y se mostraba relajado.

Fijando mi mirada en la lluvia que continuaba cayendo detrás de la ventana, empecé a tejer la vida  de aquel desconocido.

– Pinta bien ese bizcocho.- Me dijo.

Tardé unos segundos en reaccionar. 

– El secreto es la ralladura de naranja. – Matizó.

Me sonrió mientras apartaba la silla que tenía justo a mi lado y se acomodaba.

– Te vi llegar algo agitada, además de empapada. Resultó algo cómico ver como intentabas deshacerte de tu abrigo.

– Me alegro haber amenizado tu tarde.

Soltó una sutil carcajada, interpretando un pequeño tono molesto en mi respuesta.

– Sin duda amenizaste mi tarde, pero no sólo en ese momento.

Miré la hora y las agujas habían corrido más rápido que mi tiempo.

– Supongo que esas agujas determinan cuándo has de marchar.

– Sí, son las que  marcan nuestros pasos.

-Prueba detenerlo alguna vez.

– Suena sugerente, pero hasta a Cenicienta les marcaron las 12h.

– ¿Y tú? ¿me vas a dejar algún zapato con el que poder volver a encontrarte?

Sonreí.

– Me encanta el bizcocho que hacen aquí. Vengo a diario.

Se levantó con delicadeza, mientras clavaba sus ojos en los míos. 

– Hasta que decidas parar las agujas del reloj. Te espero aquí.- Me dijo con una sonrisa atrevida. 

Cogió su chaqueta y desapareció.

Pedí la cuenta al camarero. Saqué un bolígrafo de mi bolso, y escribí en una servilleta, ‘¿Tuvimos nuestra primera cita?’.

– ¿Mañana haréis bizcocho?. Pregunté al camarero.

– Sí, es el postre más demandado.

– Cuando vuelva el chico que me acompañó esta tarde, sírvaselo con esta nota.

Cogí el abrigo, y cuando fui a salir por la puerta eché un último vistazo a aquel lugar, aspiré profundamente para querer atrapar su aroma y llevármelo de vuelta a casa. Tenía un relato que escribir.