279. EL REGALO
Jesús Montoro Louvier | Sebástian Tull

Dentro de la infinita gama de colores que existía en el mercado, sólo el berenjena era el apropiado para el bolso que me disponía a buscar. Tampoco podía ser grande ni pequeño. El cierre de cremallera, con solapa imantada, y debía contar con bolsillos y departamentos interiores suficientes. Respecto al peso, liviano y fácil de llevar.
Estos eran los pequeños detalles que Amalita, la mujer por la que suspiraba, me había proporcionado sutilmente para su regalo de cumpleaños y, por supuesto, no podía fallarla.
La empresa no parecía complicada teniendo en cuenta que me encontraba en la calle comercial más importante de Madrid, cuyos escaparates en esas fechas estaban a rebosar de bolsos y otros complementos.
Así inicié la que iba a ser una prometedora tarde navideña. Primero el regalo, y después una esperada velada de arrumacos y amor incondicional que me iba a transportar – dicho en boca de mi querida – al nirvana.
Vistas las diez primeras tiendas empecé a dudar del bolso y por ende de los arrumacos. Aunar todas esas características en el mismo artículo no iba a ser tarea sencilla. Era hora de realizar una llamada y proponer cambiar el citado color por otro más versátil y comercial, como el negro o un beige suave, o incluso arriesgar con un fucsia o un verde pistacho.
La conversación no tuvo el resultado esperado. Así que cuando me cortó la llamada entendí que la noche de desenfreno corría serio peligro, por lo que decidí virar la nave a un “sí cariño”, y continuar con la búsqueda de la berenjena perdida.
La cosa pintaba mal. Cansado y aterido de frío, empezó a nevar. Bajo los geométricos copos el tiempo transcurría sin freno, y por mi cabeza empezaban a pasar ideas tan peregrinas como hacerme con un spray de pintura o en su defecto cambiar de pareja. Pero pronto deseché ambas posibilidades. La primera debido a que los tiempos de secado eran excesivos, y la segunda porque me había hecho ya a la idea de lo de llegar al nirvana esa misma noche y estaba, por tanto, perdidamente embravecido.
De repente se hizo la luz. Allí, tras aquel escaparate brillaba, con la fuerza propia del color berenjena, el bolso más lindo que mis ojos habían visto jamás, con su cremallera y solapa imantada, su tamaño y apariencia liviana, era simplemente perfecto. Antes de entrar en la tienda me incliné en señal de agradecimiento y recé una breve oración.
Cerrada la compra, y con el gesto torcido por el precio del regalito, no pude dejar de llamar a Amalita para confirmar el hallazgo. Emocionado respondí a cada una de sus preguntas sobre las características del bolso con un «sí» categórico, sin ambigüedades ni medias verdades. Había invertido hasta el último euro que disponía, pero lo había conseguido.
O eso pensé, hasta que me recordó algo, el segundo regalo al que por lo visto estaba comprometido. Unos zapatos a juego, de medio tacón, con lazo arriba, y por supuesto, berenjena.