El reloj
Rebeca Garcia Bautista | alienhigienica

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Trabajaba de sol a sol en casa de los Figueroa. Después de tantos años, Valentina ya actuaba por inercia en las tareas y el cuidado de los niños. Era jueves y, al igual que los martes, Darío tenía su clase de piano a las cuatro en punto. Además, su hermana pequeña, empezaba ballet pocos minutos después en la otra punta del conservatorio.

Clara, odiaba el ballet con todas sus fuerzas. Cada día de clase, se aferraba a la pierna de su niñera para no atravesar aquella puerta. La mujer, que bien lo sabía, había ideado distintas técnicas «anti numerito» para poder escapar. Algunas veces, se escondía de camino a clase cuando alcanzaba a ver a la profesora, y otras, fingía la llamada telefónica de alguno de los padres de la niña. Un día, llegó a inventarse una conversación con el Ratoncito Pérez. Tras la charla, había conseguido información privilegiada sobre el paradero de los dientes de leche de la niña. El trato con el ratón fue: una pista después de cada clase. A Clara le pareció perfecto. Ella no quería que nadie se llevase sus dientes, aunque tuviera regalos a cambio. Prefería conservarlos. Se preguntaba para qué quería un ratón tantos dientes, qué hacía con ellos.

Eran las cinco y media cuando Darío salía por el portón negro del aula de piano. Valentina le esperaba con una fiambrera de Spiderman. Dentro, un brick de zumo, quesitos rojos de los que le encantaban al crío y un bocadillo de fuagrás. En media hora empezaba su clase de tenis. Como de costumbre, llevó al niño a rastras por el conservatorio, con la merienda en la boca y rezando para que no se atragantase con tanta prisa. No sabía cuántos años más iba a aguantar aquel ritmo. Dejó al chico y regresó al conservatorio. Pasadas las seis, tenía que recoger a Clara después de dos horas de clase. Qué necesidad, pensaba siempre, si no le gustaba bailar.

Una vez juntas, esperaron a que Darío saliera del polideportivo para volver a casa.

De camino, los niños gritaban, jugaban, se peleaban; cumplían su papel a rajatabla. Valentina también. Pensaba en la cena, en poner la lavadora, en el precio de los espárragos trigueros que no podía permitirse y en el cerro de plancha que la esperaba en casa de sus jefes. Cuando llegaron, hizo una lista de tareas en su mente y fue tachándolas según las completaba. De fondo, los niños no callaban, ahora se salpicaban en la bañera. Jugaban a los tsunamis y con cada movimiento se proponían sacar varios litros de agua fuera.

Las nueve y cuarto. Quince minutos más y llegarían los refuerzos.

Los niños miraban la tele mientras cenaban y la mujer se sentía como una superviviente después de todo. Por fin había calma y la última tarea de su lista estaba a punto de completarse. Valentina se puso a planchar y, muy concentrada, se pasó el hierro al rojo vivo sobre la palma de su mano.