1078. EL RESTAURANTE DEL AMOR
Sergio de la Paz Fernández | Atilio Flores

“Antes de que empecemos, ¿puedes leer el título de la historia que va a comenzar?” te pregunto desde lo alto de mi bolígrafo esmeralda.
-Claro, es “El Restaurante del Amor”.
El sonido de tu voz cazallera embriaga mis sentidos.
-¿Cuándo llega mi cita? – me preguntas. Te imagino esperando en la entrada del restaurante de mesas altas y paredes de ladrillo que estoy describiendo para ti.
“¡Oh, Petunia! Déjame que te imagine para que los lectores puedan enamorarse como ya lo estoy yo”.
-Muy amoroso te veo, aunque yo aquí vengo a cenar y lo que surja – dices. Acto seguido te rascas el pandero, no sé si por la emoción o por el tanga negro de lycra que te asoma por encima de la falda.
“Eres rolliza cual gacela sobrealimentada. Y achatada como un enano de jardín al que han cocido más de la cuenta”.
-No sé si es un piropo o un insulto, pero me gusta lo de que me compares con un animal, porque hoy estoy perraca. Ahora háblame de mi cita.
“Es bien parecido. Viste traje negro con pajarita. El pelo emigró de su cabeza, pero el resplandor de su calva ilumina el firmamento”.
-Lo de que es bien parecido lo dirás tú, que yo todavía no le veo. Y lo de la calva brillante no creas que me entusiasma, aunque a una calvicie de empotrador no le haría ascos. ¿Dónde está?
“Pues aquí mismo: ¡Soy yo! Bueno, no soy yo, es mi alter ego: Neftalí. Déjame que entre en mi libreta verde para que puedas contemplarme en todo mi esplendor” digo. Y de un salto me planto a tu lado.
-¡Menudo giro de guion! Vamos, esto no lo había visto ni en «La Casa de Papel».
“¿Qué te parezco, Petu?” te susurro con la voz más profunda que puedo sacar de mi pecho palomo.
-Bueno, Naftalino, calvo sí que estás, pero de empotrador te veo poco.
“No te quedes en las apariencias, fluyamos y dejemos que la historia siga”.
Nos sentamos, uno al lado del otro. Invento una carta con los mejores platos que puedas imaginar y me acerco a ti para que podamos contemplarla juntos. Mientras, enciendo la cocina y hago aparecer a dos cocineros que se ponen a preparar platos castizos.
-¡Qué olor a croquetas me acaba de llegar! Las amo.
Chasqueo los dedos y aparece un plato con media docena de croquetas de mamá. Sacas el móvil y tomas fotos del banquete que vamos a degustar.
-Es que soy una influencer que te puto cagas de buena.
“Yo comeré un Pad Thai, que aquí lo hacen tan delicioso que solo con probarlo el paladar roza las estrellas”. Y dicho esto, aparece el plato delante de mis narices.
Comemos, hablamos, nos enamoramos. Y nunca te cuento que todo era un cuento. Antes de irnos a vivir nuestro amor literario, recuerdo la frase de Paulo Coelho el día que cenó en Lamucca: “En el restaurante del amor, el que no come carne ni pescado, come coliflor”.