468. EL RÍO SAGRADO
José Balsa Cirrito | Begoña

Balbo mojó su mano.
– Siga, siga – dijo el desconocido -, ya le he dicho que las aguas de este río tienen unas propiedades mismamente milagrosas.
Balbo dejó que el agua circulara por sus dedos. Estaba fría. Aquel desconocido había aparecido de repente, entre las breñas del monte. Su aspecto era de hombre sabio. Y si había algo que Balbo necesitaba era un hombre sabio.
– Llene la cantimplora – dijo el desconocido – y désela a su amigo. Sanará de inmediato.
A Balbo aquello le parecía una estupidez, pero en semejante situación estaba dispuesto a creer en estupideces. Valera, su compañero, había comenzado a sentir unos dolores terribles. Tan fuertes que a ratos perdía el conocimiento. Entonces apareció aquel hombre, con su barba recortada, sus ojos azules y pequeños, su sombrero y su rústico bastón.
– Allá adelante – dijo el hombre -, detrás del risco, corre un arroyo. Es corto. Pero sus aguas son mismamente mágicas. Es el secreto de estas tierras.
Balbo se habría reído de aquel individuo en circunstancias normales. Pero su amigo Valera se encontraba mal. Balbo miró hacia los riscos por donde se suponía que corría el arroyuelo mágico y vio como se elevaba a su alrededor una bruma misteriosa.
– Vamos – dijo muy decidido.
– Es el río sagrado – murmuró el desconocido con un gesto sacerdotal.
Caminaron unos minutos por una agreste trocha. Cuando llegaron, a Balbo le pareció que las aguas del río tenían un brillo particular, como si llevaran joyas diluidas.
– Llene la cantimplora – insistió el desconocido -. El agua es mismamente como si estuviera derramada de la jarra de Dios.
Balbo pensó que, en el peor de los casos, era agua, y no le iba a hacer daño a su amigo. Llenó un frasco con el agua milagrosa y corrió hasta donde se hallaba Valera.
– Désela de beber – dijo el desconocido.
Balbo incorporó a su amigo, que había recuperado la consciencia.
– Bebe – le dijo -, es medicina.
Valera tenía una expresión de intenso dolor y la mirada aturdida, con los ojos espantados de quien teme a la muerte. Sin embargo, al oír la palabra medicina se animó. Con ansiedad, bebió un largo sorbo.
– Verá como mejora, mismamente es un agua milagrosa.
Pudiera ser. Pero pasados unos segundos Valera comenzó a temblar. Los temblores se convirtieron pronto en convulsiones, cada vez más violentas. Parecía agonizar. De su boca brotaban espumarajos. Por último, lanzó un alarido y quedó inmóvil.
– ¡Valera! ¿Qué te ocurre? ¡Contesta…! ¿Está muerto? – Balbo sacudía en vano a su amigo.
– Malo, malo – dijo el desconocido, filosófico
Tras unos segundos, Balbo se dirigió con una cólera incontenible al hombre:
– ¿Quién es usted? ¿Qué tenía el agua?
El desconocido se apartó antes de hablar:
– ¿Yo? En el pueblo me llaman por mal nombre el Loco. Pero los locos son ellos. ¡Pues no dicen que está envenenada! El agua del río es mágica. ¡Sagraaaaada!
El desconocido dio un salto, dejó escapar un gorgorito, y se marchó riendo por entre las rocas.