1527. EL ROBO DEL SIGLO
MIGUEL BUENO LÓPEZ | Albert Rujas

Si no queríamos que se jodiera la mejor fiesta de nuestras vidas teníamos que robar el alcohol. Es duro de asumir, pero más duro es quedar como el culo delante de todo el instituto, a los que habíamos prometido una noche inolvidable.
Para ello fuimos al único local abierto, la Alimentación Zhang, con un plan infalible: Joan y yo nos ocuparíamos de las botellas, Jerry y Niko del hielo, y Martí Plá, el bueno de Martí, más simple que su apellido, compraría cualquier cosa para distraer al dependiente mientras salíamos con todo por la puerta del almacén.
Cuando llegamos, Zhang, o como se llamara el dependiente, ni levantó la mirada, siguió con los ojos fijos en la pantalla de un televisor diminuto que gritaba en chino. Quien sí nos miró fue una anciana, envuelta en mil mantas en su silla de ruedas; parecía dormida, pero sentí cómo sus ojos se clavaban en mí, afilados como agujas de acupuntura.
Joan y yo nos dirigimos sigilosos a las estanterías del alcohol. Yo tapaba como podía la visión a la cámara de seguridad, mientras Joan llenaba nuestra mochila cuidadosamente para que no sonara el entrechocar de las botellas. De repente un grito de Zhang casi nos provoca un infarto. Me asomé, y vi que el inútil de Martí se había tomado demasiado en serio su tarea de distracción y había estrellado un convoy de carros, llenos de cosas absurdas, contra el mostrador, provocando que la televisión chillona terminara en el suelo. Zhang empezó a gritarle, en chino, por supuesto. Entre las ramas de un árbol de Navidad que había en uno de los carros (estábamos en agosto), destacaba la cara roja de Martí, pobrecillo.
Aprovechando que Zhang iba a estar distraído un buen rato, le hicimos señas a Niko y Jerry. Había llegado el momento de salir corriendo. Sin hacer ruido nos dirigimos el almacén, arrastrándonos por el suelo estilo comando (recordad que íbamos borrachos). En ese momento noté nuevamente agujas en la espalda…
Efectivamente, al final del pasillo estaba la abuela de la silla de ruedas. Cabreada cogió un stick de hockey y se lanzó a por nosotros. “¡Corred!”. Me dio igual gritar. Zhang alertado por mi grito, saltó su mostrador para evitar nuestra huida, pero la anciana fue más rápida. Con una agilidad inesperada, aceleró la silla dispuesta a reventarnos la cabeza con el stick.
Si logramos escapar fue gracias a Martí, que lo que tiene de simple lo tiene de bruto, y lanzó el árbol de Navidad para impedir que Zhang nos persiguiera, desatando un ridículo efecto dominó que nos permitió salvarnos: el árbol hizo tropezar a Zhang, que derribó una estantería, que hundió bajo decenas de cubos y pelotas de playa a la mujer y su silla de ruedas.
No paramos de correr hasta que estuvimos a cinco manzanas del lugar, con el corazón a mil y sin aire en los pulmones. Efectivamente esa sería la noche inolvidable. Pero no por el fiestón, sino por el pobre Zhang y la anciana en silla de ruedas.