El sabor de las primeras veces
Mateo Gómez Gil | Roel Deganpa

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Dedicó aquel instante, mientras sus padres y otros familiares cantaban alrededor de él, a pensar, reflexionar, hablar consigo mismo. Fue capaz de abstraerse de aquel enjambre de voces y palmas que le dedicaban los allí presentes, para hacer un breve pero intenso paseo sobre aquellos momentos que habían marcado un antes y un después en su vida, aquellas fechas que indudablemente son importantes en la vida de cualquier persona, como su primera comunión, el primer día de instituto o su primer viaje con sus amigos. Se dio cuenta entonces de que, aunque todas esas primeras veces serían inolvidables, nunca tendrían ni el encanto ni la emoción que eran capaces de despertar aquellas otras que eran suyas, que habían marcado de manera mucho más exclusiva su vida, escribiendo los párrafos de su historia y consiguiendo que fuese quien era quizá no por ellas, pero desde luego gracias a ellas.

Repasó entonces las que más felicidad le suscitaba recordar. Recordó así aquel día que su padre le regaló su primera bicicleta de montaña, el día que cumplió 10 años. Por supuesto que por aquel entonces no tenía ni idea de como evolucionaría esa afición que ahora era una parte importantísima de su vida, pero ahora sí que lo sabía, y eso conseguía que aquel recuerdo fuese tan especial. Lo mismo le ocurría al rememorar aquella tarde que conoció a Marta. En aquel momento pudo parecer un día más, incluso para él mismo, pero solo el hecho de recordar aquel día y contactar con su memoria para revivirlo hacía que se le esbozase una sutil sonrisa, incapaz de reprimir la felicidad de ser consciente de todo lo que vino después.

Podría haberse tirado así horas, sonriendo al aire con la mirada pérdida mientras saboreaba el aroma de aquellos recuerdos que le hacían sentir tan vivo y agradecido, pero su madre no tardó en darse cuenta de lo que estaba haciendo y le devolvió a la realidad con un suave pero no especialmente agradable toquecito en el hombro.

– Sopla las velas cariño – le dijo

Asqueado por estar de vuelta en la realidad, sopló las velas y dibujo una sonrisa forzada dirigida a sus tíos y primos, que se habían molestado en acompañarle en el día de su cumpleaños. Sin embargo, le era más que indiferente su presencia, porque nadie sería capaz de rellenar el hueco que había dejado su hermano mayor. Su amigo, su referencia, su apoyo, no estaba allí para acompañarle en su 18 cumpleaños y, aunque se sentía afortunado de poder recordar aquellas primeras veces que le habían hecho feliz hasta ahora, se dio cuenta de que no todas las primeras veces transmiten esa felicidad, sino que a veces pueden ser frías y dolorosas.

Su madre le volvió a tocar para advertirle de que no había sido capaz de apagar las velas a la primera y, antes de soplar de nuevo, susurró para sí:

– Te echo de menos Alonso, te quiero capullo

Sopló, y esta vez las velas sí que se apagaron.